Hola navegantes.
La valoración del tonic 23 para la navegación a la bahía de Arcachón la voy a hacer por etapas.
Las primeras son la costa de Cantabria y de Euskadi, unas etapas magníficas, sobre todo en Euskadi, donde los puertos están separados por distancias muy pequeñas, de cinco a diez millas, y es fácil cambiar de planes si la meteorología se estropea o te encuentras cansado. Para esta costa tan cómoda por supuesto vale el Tonic 23 y cualquier otro barco. Además la mayoría de los puertos dependen de EKP (Euskadiko Kirol Portuak, o sea, puertos deportivos de Euskadi) un organismo dependiente del Gobierno Vasco, y tienen todos el mismo precio. Este año 18,62 euros por noche para mi velero, un precio muy asequible y unos servicios extraordinarios. Siempre hemos encontrado plaza de atraque.
Después vienen las etapas de las Landas, las más difíciles. Ya os comenté que hay que tener en cuenta la meteorología, casi siempre con vientos del noroeste que a la subida te pillan de cara. Después los ejercicios de tiro del ejército francés, que cierran zonas enormes del mar, normalmente durante el día, y te obligan a navegar de noche. En tercer lugar la dependencia de la marea, puesto que hay que entrar en la bahía de Arcachón en las horas cercanas a la pleamar. Y en cuarto lugar el oleaje, que en Las Landas a veces llega a la costa con la potencia de la dinamita, y en Arcachón no se puede entrar con olas de más de 1-1,5 metros porque se hacen rompientes. Y por si fuera poco está prohibido entrar de noche, o sea que tienes que aprovechar la marea diurna. En estas etapas muchas veces nos vemos obligados a navegar un día y una noche enteras, y aquí el velero pequeño empieza a mostrar sus inconvenientes.
Cocinar, o simplemente prepararte un café con el barco dando pantocazos, es un ejercicio de equilibrismo. Normalmente lo hacemos con la cincha antiescoras o utilizando un taburete, que te permite tener las dos manos libres para fregar y cocinar. El café lo tomamos poniendo la taza dentro del fregadero e inclinándonos encima como si fuéramos a vomitar, de manera que si una ola tira la taza no manche nada. Por supuesto comemos de uno en uno. Las guardias de noche las hacemos de dos horas para no quedarnos helados en la bañera, ya que mi barco no tiene capota ni parabrisas. Y en las dos horas que tienes para dormir el barco se mueve tanto que es difícil coger el sueño y descansar. Además hay que ponerse todo el material de seguridad, lo que en un barco pequeño resulta incómodo.
Entre Hondarribia, el último puerto español, y Arcachón sólo hay dos puertos intermedios: Bayona y Capbretón. Ambos (y especialmente Capbretón) son difíciles o imposibles de entrar cuando hay olas fuertes del Oeste, y concretamente en Capbretón en bajamar. Allí sólo se puede entrar en las dos horas anteriores o posteriores a la pleamar. Por lo tanto al salir de Hondarribia hay que ponerse siempre en lo peor, y suponer que vas a tener que llegar de un tirón hasta Arcachón. Y si llegas sin las condiciones perfectas tienes que quedarte capeando hasta que esas condiciones se reúnan.
Y finalmente viene la enorme bahía de Arcachón. Aquí tener un barco pequeño y con la orza abatible no sólo es una gran ventaja sino que es imprescindible si quieres conocerla bien. Esa enorme bahía se seca en cuatro quintas partes en bajamar, y el barco tiene que estar preparado para varar por si te sorprende. La mayoría de los puertos tienen unas limitaciones de entrada dependiendo de la marea, y cuanto menor es el calado más amplio es el margen para entrar y salir. Por otra parte en su interior suelen secarse, y es más fácil la varada con un barco pequeño y de orza abatible. Algunos de los puertecitos están situados en el interior de los ríos que desembocan en la bahía, y navegar por esos ríos, que también se secan en bajamar, es una complicación adicional, y sólo posible con barcos pequeños. La mayoría de los veleros de tránsito se quedan en el principal puerto, el de Arcachón, el único con aguas profundas, y se limitan a ese sin conocer más.
En nuestra visita larga anterior a la bahía de Arcachón, en 2014, pudimos recalar en algunos de esos puertecitos donde nos facilitaron mucho las cosas tanto nuestro pequeño tamaño, como la simpatía que despertábamos por haber llegado hasta allí con el Tonic 23. En algunos ni siquiera nos cobraron. Ellos dicen que venimos "del océano", y por venir del océano tenemos una noche gratis. Os aseguro que con un barco más grande no habríamos podido pasar. Por desgracia este año las cosas habían cambiado, y nos hemos encontrado con el chasco de que en esos puertos pequeños no querían visitantes, y hasta avisándoles de nuestro pequeño tamaño y de que ya habíamos entrado en esos puertos en una visita anterior, sólo nos pusieron dificultades. Ha sido la principal decepción de esta navegación.
Este año no hemos tenido en el barco ninguna avería. Pero os recuerdo otra de las principales ventajas de un barco pequeño, que es que en caso de una avería larga o insuperable puedes llevarlo a tu puerto de origen en un camión. A los que destacan como argumento en contra el alto coste de este transporte, les recuerdo que el precio tan bajo de un barco pequeño al compararlo con uno grande te permite hacer un transporte en camión cada verano durante toda tu vida de navegante, y aún así te estás ahorrando dinero. Y lo mismo digo para la posibilidad de irte a dormir a un hotel en las noches incómodas a bordo, aunque yo no lo he hecho nunca.
Respecto a la vida a bordo, por supuesto tienes que acostumbrarte a llevar una vida espartana. Aun así en el Tonic 23 hemos llegado a viajar cuatro personas con relativa comodidad. Su espacio de estiba es suficiente, y yo por ejemplo llevo hasta velas de repuesto y dos bicicletas plegables. El refinamiento último fue cuando conseguí hacerle una duchita, y fue lo que me convenció de que ya no necesitaba uno más grande.
Desde mi punto de vista las ventajas de un barco pequeño superan a los inconvenientes. Por supuesto no es más que una opinión y puedo estar equivocado. Pero yo estoy encantado con el Tonic 23, y espero poder seguir muchos años con él. Es más, estoy convencido de que con un barco más grande navegaría menos.
Con cuidado, navegantes.























































