Hola navegantes.
¿Quién no estaría orgulloso de la isla que cierra nuestra bahía?:
Pues acabo de leer el libro "Faro y fareros de Mouro", de Fernando Moreno Rodríguez y la editorial Tantín, una magnífica joya que deberíamos de leer todos los que vivimos o los que veranean en Santander:

Detrás de esta imagen poética de la isla, sobre un mar liso como una mesa de billar, pero muchas otras veces salpicada por las olas y con el mar roto en el horizonte, se oculta una vida durísima. En Bretaña los faros se clasifican en tres tipos: "Paraíso" los que están en tierra firme, "Purgatorio" los que se encuentran en penínsulas o costas azotadas por el mar, e "Infierno" los erigidos en islas aisladas. El de Mouro sería sin duda de los terceros, y de hecho fue considerado el faro más duro y penoso del Cantábrico. Los fareros raramente resistían allí más de dos años.
Antes de la construcción del faro la isla fue protagonista de algunos episodios históricos. Por ejemplo en 1812, durante la invasión napoleónica de España, una guarnición inglesa tomó la isla de Mouro y desde allí bombardeó la costa de Santander. En la refriega murió algún soldado en la isla y fue enterrado allí mismo. Durante muchos años hubo una cruz de madera indicando el sitio del enterramiento. Yo he desembarcado varias veces en la isla de Mouro y no me explico dónde pudieron enterrarlos, porque el suelo es todo de pura roca.
El faro se construyó en su mayor parte con piedras extraídas de la propia isla, y en menor cantidad de las canteras de Somo. Se puso en servicio en febrero de 1.860 y estuvo habitado por fareros hasta 1.921. Cuando estuvo habitado vivían allí dos fareros con sus respectivas familias. La zona habitable era la circular que actualmente rodea la base de la torre, donde solo había cuatro habitaciones. En aquel reducido espacio convivían los padres con los hijos, que por supuesto no podían escolarizarse, sólo tenían un retrete para todos, y el agua se recogía de lluvia en un aljibe, que cuando había temporal se mezclaba con el agua salpicada por las olas. Doy por hecho que ducha no había.
Anexo al faro, pero separado de él, había un pequeño edificio mucho más pequeño que el actual donde se situaba la cocina. Para ir de la residencia a la cocina había que circular al aire libre, y cuando había temporal podía arrastrar a las personas. Por eso se instaló un cable de acero que unía la torre con la cocina. A pesar de ello en los peores temporales no se podía acceder.
El aislamiento en la isla era más duro si cabe que otras isla situadas más lejos de la costa. Porque desde Mouro se podía ver a los veraneantes en la playa del Sardinero, y a los de la testa coronada y su séquito en el Palacio de la Magdalena, haciendo más evidente la brecha que los separaba.
El aislamiento del faro dio lugar a situaciones peliculeras. Por supuesto en aquella época no existían los teléfonos móviles y ni siquiera la telegrafía entre la isla y tierra firme. Entonces se diseñó un sistema de carteles escritos que se colocaban en el cristal de la linterna y se leían desde el faro de La Cerda, en la península de la Magdalena, con un telescopio.
El agua de bebida se suministraba en barriles, junto con los alimentos. En las temporadas invernales de mal tiempo eso generaba importantes problemas entre los habitantes del faro y los tripulantes de las lanchas, que tenían que llevárselos a vela o a remo hasta la isla. Si las olas impedían el desembarco tenían que hacerlos llegar hasta la parte superior de la isla con perchas y poleas desde la barca. Muchas veces el suministro se retrasaba y pasaban hambre y sed.
Los problemas de convivencia entre las dos familias llegaron a ser graves. Una desavenencia en 1895 incluyó amenazas de muerte a la mujer del farero. Por eso se prefería destinar al faro de Mouro a fareros solteros, que disminuían los altercados y sus necesidades de alimentación.
Cualquier molestia médica en el farero o sus familiares generaba un grave problema, porque había que trasladarlo a Santander, incluso con condiciones meteorológicas adversas, y el torrero dejaba el servicio durante unos días. Se describió incluso un problema mental específico, llamado "morbo psíquico", que consistía en un una desorientación temporal provocada por el aislamiento, con abandono de las responsabilidades profesionales y sustituyéndolas por otras fingidas, que para el farero resultaban aparentemente más importantes.
La historia del farero que murió en la isla es real. El 28 de mayo de 1891 falleció por causas naturales el farero Antonio Bonet. Su compañero, Manuel Díaz, utilizando el sistema antes descrito colocó en el cristal de la linterna un cartel con la palabra "MUERTE". Cuando lo leyó su compañero del faro de La Cerda se lo transmitió la capitanía del puerto de Santander, y cuando el ingeniero encargado lo leyó inquirió:
- " Supongo que algo grave sucede, ¿no le parece?".
- A lo que respondió el aludido: " es lo más probable".
Muy agudo el ingeniero. El farero sobreviviente propuso que se encargara de la interinidad el hijo del torrero, que entonces tenía diecisiete años, con el objetivo de que la viuda no tuviera que abandonar la vivienda del faro, pues no disponía de otra.
En 1915 uno de los fareros tenía mujer y siete hijos, el segundo era soltero. Cuando éste consiguió el traslado a otro faro, su sustituto renunció al puesto porque "no cabía allí con su familia". Poco después, en 1916, y después de innumerables escritos, se aprobó la ampliación del antiguo edificio de la cocina uniéndolo a la torre, como está ahora. La racanería era tal que se decidió hacer el cemento con agua de mar para no pagar el agua dulce que habría que transportar desde la costa en barriles. En aquella obra se hizo la "mejora" de instalar dos retretes, uno para cada familia.
Como los hijos de los fareros no podían escolarizarse, la Administración dotaba a cada faro de una biblioteca. Esta incluía algunos libros de texto de aritmética, ortografía, etc., y como libros de lectura el Quijote de la Mancha completo en dos tomos, y en los últimos años "Platero y yo", aparte de otros libros épicos de la historia de España. La verdad, no me imagino al farero o a su mujer leyéndole el Quijote de la Mancha a su hijo en aquella isla.
En 1921 el faro de Mouro dejó de estar habitado. La razón no fue su automatización, sino que era más barato dejarlo encendido permanentemente, de día y de noche, ahorrándose el sueldo de los dos fareros. A partir de entonces se adjudicó su mantenimiento al farero de La Cerda, en la península de la Magdalena. En los primeros años se produjeron algunos robos, por parte de ladrones que desembarcaban y forzaban las puertas o las ventanas de la casa.
Y hoy me despido con una aportación personal a la poesía que desprende el islote, a pesar de las duras historias que contienen sus rocas:
Y aquí el dibupoema:

¡Salud y poesía!.















