Las navegaciones del "Corto Maltés"
(largas travesías en un modesto velero de 6 metros, y otras menudencias).
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lunes, octubre 19, 2026
Otra ex-isla, El Castellar.
viernes, octubre 16, 2026
"El verano de las chicharras" va tomando forma.
"El verano de las chicharras", el libro donde cuento nuestra navegación las islas y mares interiores del Mediterráneo en Francia, está ya en maquetación. Os presento la portada para que os vaya sonando:
Se ve al Corto Maltés amarrado al pequeño pantalán solitario de la Isla Verde, frente a La Ciotat, uno de los pequeños paraísos que descubrimos en ese viaje. La verdad es que la foto parece tomada en una pequeña isla del Pacífico o del Caribe, pero no, es francesa y está en el Mediterráneo. Una isla de la que no teníamos ninguna referencia, la vi en Google Maps por casualidad, y ni siquiera estábamos seguros de intentar ir a conocerla. Finalmente el mistral nos retuvo dos días en La Ciotat, y fuimos a desembarcar en ella. Es una de las cosas que me gusta de la navegación, no ver lo que te dicen que tienes que ver y a toda prisa, como el turista, sino lo que por azar cae bajo tus ojos debido a los vientos, las corrientes, el cierre de los puertos, tu aguante para navegar cada día, las averías y otros incidentes. Muchas veces los sitios inesperados son los que más nos han gustado de una navegación.
La isla está absolutamente ocupada por un pinar espléndido con parches de robles, y recorrida por senderos de montaña, un paisaje que no soporta nada más que el silencio. La habitan anfibios, reptiles y conejos, y distintas rapaces sobrevuelan la isla. Está deshabitada, y tiene algunas ruinas militares de la guerra mundial. En el libro cuento toda su curiosa historia. Una agradable sorpresa.
Y reproduzco aquí el link para conocer el contenido del libro, y a ver si alguien quiere intentar traducir la dibucarta que puse entonces y que hasta ahora nadie ha intentado:
Clic aquí
¡Salud y millas!
miércoles, octubre 14, 2026
El "mando morse" al revés.
Hola navegantes.
El "mando morse", o simplemente "el morse", es la palanca que en los barcos deportivos hace avanzar el barco hacia adelante o hacia atrás. Su nombre viene de la compañía Morse o de la familia Morse, que fue pionera en desarrollar estos controles remotos de la transmisión. Con el tiempo, el nombre se popularizó y se quedó como sinónimo de la palanca que controla la marcha del motor. El ingeniero Alfred Morse fundó esa empresa, que desarrolló los primeros sistemas de control remoto, a finales del siglo XIX. No tiene nada que ver con el código Morse de señales. Aunque los dos llevan el apellido Morse, el código fue desarrollado por Samuel Morse, un norteamericano que inventó la famosa combinación de pulsos cortos y largos que revolucionó las comunicaciones en el siglo XIX. Este código fue definitivamente abandonado en febrero de 1999 al ser sustituido por los sistemas electrónicos modernos, y ya no se estudia en las escuelas de navegación o aviación.
De forma estándar la palanca morse hace avanzar el barco hacia adelante cuando la impulsas adelante, y hacia atrás cuando la impulsas hacia atrás. Algo intuitivo y fácil como la tabla del uno, que ocurre en casi todos los motores, y que ha creado reflejos condicionados igual que al conducir el coche aprietas el acelerador para acelerar y retrocedes el pie para desacelerar. Pero por alguna razón incomprensible algunos motores lo tienen al revés.
Un navegante español estaba llegando a las Islas Hawaii después de siete semanas navegando desde las islas del Pacífico. En la entrada a puerto coincidieron con otro velero español con avería de motor y con el estay de proa roto. Una entrada a puerto con esas condiciones es complicadísima, y se ofreció a darle remolque.
La maniobra de tomar el cabo de remolque nunca es sencilla, y menos con las olas que había aquel día. Inicialmente se acercó al otro barco "a la cosaca", es decir, perpendicularmente a él y de proa. Ya en sus inmediaciones, a pocos metros, dio la vuelta para ofrecerle la popa. Una vez lanzado y amarrado el cabo se dispuso a iniciar el remolque.
Siempre que se da remolque a otro barco los capitanes están especialmente preocupados porque el cabo no se sumerja y se trabe en la hélice del barco remolcador. Si ocurre esto se queda también él sin propulsión, y los dos barcos quedan al garete a merced de las corrientes. Por eso son preferibles los cabos flotantes para el remolque. En cuanto al cabo estuvo amarrado el capitán dio avante con fuerza para separarse del otro barco y ponerlo tenso.
El capitán había instalado un motor nuevo recientemente, pero llevaba siete semanas navegando a vela y por lo tanto sin utilizar el motor. Era un motor Yanmar japonés, que curiosamente tenía el mando morse invertido. En el momento álgido de la maniobra empujó la palanca hacia adelante con el máximo de revoluciones, encontrándose con que el barco salía acelerado hacia atrás. Toda la potencia que quería dar avante se convirtió en potencia hacia atrás, y estuvieron a punto de chocar. Por suerte no ocurrió, ni tampoco trabaron el cabo con la hélice.
Mi consejo: hay poco que decir en torno a este incidente, porque doy por hecho que cada uno conoce perfectamente su mando morse. Pero si manejas el barco de otra persona, o un barco alquilado, y tiene el mando morse invertido, tienes que tener mucho cuidado en las maniobras para que no te pase lo mismo, y practicar un poco en sitio seguro antes de entrar al puerto. Lo mismo puede decirse de los barcos que llevan el morse en el espejo de popa, en cuyo caso la marcha avante o marcha atrás se meten empujando la palanca hacia babor o estribor. Y por supuesto, si se cambia la ubicación del mando morse en un barco de babor a estribor, hay que tener en cuenta que en la otra banda su funcionamiento será el contrario.sábado, octubre 10, 2026
Historias de la Isla de Mouro.
Hola navegantes.
¿Quién no estaría orgulloso de la isla que cierra nuestra bahía?:
Pues acabo de leer el libro "Faro y fareros de Mouro", de Fernando Moreno Rodríguez y la editorial Tantín, una magnífica joya que deberíamos de leer todos los que vivimos o los que veranean en Santander:

Detrás de esta imagen poética de la isla, sobre un mar liso como una mesa de billar, pero muchas otras veces salpicada por las olas y con el mar roto en el horizonte, se oculta una vida durísima. En Bretaña los faros se clasifican en tres tipos: "Paraíso" los que están en tierra firme, "Purgatorio" los que se encuentran en penínsulas o costas azotadas por el mar, e "Infierno" los erigidos en islas aisladas. El de Mouro sería sin duda de los terceros, y de hecho fue considerado el faro más duro y penoso del Cantábrico. Los fareros raramente resistían allí más de dos años.
Antes de la construcción del faro la isla fue protagonista de algunos episodios históricos. Por ejemplo en 1812, durante la invasión napoleónica de España, una guarnición inglesa tomó la isla de Mouro y desde allí bombardeó la costa de Santander. En la refriega murió algún soldado en la isla y fue enterrado allí mismo. Durante muchos años hubo una cruz de madera indicando el sitio del enterramiento. Yo he desembarcado varias veces en la isla de Mouro y no me explico dónde pudieron enterrarlos, porque el suelo es todo de pura roca.
El faro se construyó en su mayor parte con piedras extraídas de la propia isla, y en menor cantidad de las canteras de Somo. Se puso en servicio en febrero de 1.860 y estuvo habitado por fareros hasta 1.921. Cuando estuvo habitado vivían allí dos fareros con sus respectivas familias. La zona habitable era la circular que actualmente rodea la base de la torre, donde solo había cuatro habitaciones. En aquel reducido espacio convivían los padres con los hijos, que por supuesto no podían escolarizarse, sólo tenían un retrete para todos, y el agua se recogía de lluvia en un aljibe, que cuando había temporal se mezclaba con el agua salpicada por las olas. Doy por hecho que ducha no había.
Anexo al faro, pero separado de él, había un pequeño edificio mucho más pequeño que el actual donde se situaba la cocina. Para ir de la residencia a la cocina había que circular al aire libre, y cuando había temporal podía arrastrar a las personas. Por eso se instaló un cable de acero que unía la torre con la cocina. A pesar de ello en los peores temporales no se podía acceder.
El aislamiento en la isla era más duro si cabe que otras isla situadas más lejos de la costa. Porque desde Mouro se podía ver a los veraneantes en la playa del Sardinero, y a los de la testa coronada y su séquito en el Palacio de la Magdalena, haciendo más evidente la brecha que los separaba.
El aislamiento del faro dio lugar a situaciones peliculeras. Por supuesto en aquella época no existían los teléfonos móviles y ni siquiera la telegrafía entre la isla y tierra firme. Entonces se diseñó un sistema de carteles escritos que se colocaban en el cristal de la linterna y se leían desde el faro de La Cerda, en la península de la Magdalena, con un telescopio.
El agua de bebida se suministraba en barriles, junto con los alimentos. En las temporadas invernales de mal tiempo eso generaba importantes problemas entre los habitantes del faro y los tripulantes de las lanchas, que tenían que llevárselos a vela o a remo hasta la isla. Si las olas impedían el desembarco tenían que hacerlos llegar hasta la parte superior de la isla con perchas y poleas desde la barca. Muchas veces el suministro se retrasaba y pasaban hambre y sed.
Los problemas de convivencia entre las dos familias llegaron a ser graves. Una desavenencia en 1895 incluyó amenazas de muerte a la mujer del farero. Por eso se prefería destinar al faro de Mouro a fareros solteros, que disminuían los altercados y sus necesidades de alimentación.
Cualquier molestia médica en el farero o sus familiares generaba un grave problema, porque había que trasladarlo a Santander, incluso con condiciones meteorológicas adversas, y el torrero dejaba el servicio durante unos días. Se describió incluso un problema mental específico, llamado "morbo psíquico", que consistía en un una desorientación temporal provocada por el aislamiento, con abandono de las responsabilidades profesionales y sustituyéndolas por otras fingidas, que para el farero resultaban aparentemente más importantes.
La historia del farero que murió en la isla es real. El 28 de mayo de 1891 falleció por causas naturales el farero Antonio Bonet. Su compañero, Manuel Díaz, utilizando el sistema antes descrito colocó en el cristal de la linterna un cartel con la palabra "MUERTE". Cuando lo leyó su compañero del faro de La Cerda se lo transmitió la capitanía del puerto de Santander, y cuando el ingeniero encargado lo leyó inquirió:
- " Supongo que algo grave sucede, ¿no le parece?".
- A lo que respondió el aludido: " es lo más probable".
Muy agudo el ingeniero. El farero sobreviviente propuso que se encargara de la interinidad el hijo del torrero, que entonces tenía diecisiete años, con el objetivo de que la viuda no tuviera que abandonar la vivienda del faro, pues no disponía de otra.
En 1915 uno de los fareros tenía mujer y siete hijos, el segundo era soltero. Cuando éste consiguió el traslado a otro faro, su sustituto renunció al puesto porque "no cabía allí con su familia". Poco después, en 1916, y después de innumerables escritos, se aprobó la ampliación del antiguo edificio de la cocina uniéndolo a la torre, como está ahora. La racanería era tal que se decidió hacer el cemento con agua de mar para no pagar el agua dulce que habría que transportar desde la costa en barriles. En aquella obra se hizo la "mejora" de instalar dos retretes, uno para cada familia.
Como los hijos de los fareros no podían escolarizarse, la Administración dotaba a cada faro de una biblioteca. Esta incluía algunos libros de texto de aritmética, ortografía, etc., y como libros de lectura el Quijote de la Mancha completo en dos tomos, y en los últimos años "Platero y yo", aparte de otros libros épicos de la historia de España. La verdad, no me imagino al farero o a su mujer leyéndole el Quijote de la Mancha a su hijo en aquella isla.
En 1921 el faro de Mouro dejó de estar habitado. La razón no fue su automatización, sino que era más barato dejarlo encendido permanentemente, de día y de noche, ahorrándose el sueldo de los dos fareros. A partir de entonces se adjudicó su mantenimiento al farero de La Cerda, en la península de la Magdalena. En los primeros años se produjeron algunos robos, por parte de ladrones que desembarcaban y forzaban las puertas o las ventanas de la casa.
Y hoy me despido con una aportación personal a la poesía que desprende el islote, a pesar de las duras historias que contienen sus rocas:
Y aquí el dibupoema:

¡Salud y poesía!.
miércoles, octubre 07, 2026
El barco de la dinamita.
Hola navegantes.
En nuestra navegación a Londres con el Corto Maltés en 2023 os conté que una de las dificultades que nos encontramos al navegar por el estuario del Támesis era la existencia de barcos hundidos de la Segunda Guerra Mundial, en aguas someras y algunos con explosivos. El más peligroso es el SS Richard Montgomery, que se mantiene en aguas poco profundas con 1.400 toneladas de bombas activas en su interior, y ya lleva allí 82 años sufriendo la corrosión del agua del mar. Esta imagen es de antes de hundirse:
Se hundió el 20 de agosto de 1944 en un banco de arena del estuario, cerca de la ciudad de Sheerness, después de haber garreado su ancla. Venía de los EEUU para apoyar el desembarco aliado, y estaba esperando en el estuario la formación de un nuevo convoy con destino a Cherburgo. Actualmente reposa sobre fondos de quince metros, y como el barco es más alto sus superestructuras emergen todavía del agua como un tétrico esqueleto (51º 27,9’ N; 0º 47,0' E) junto al que pasamos nosotros cruzando los dedos. En la siguiente foto, que tomamos nosotros al contornearlo, se ve al fondo un mercante en el canal de navegación:
En el momento del hundimiento tenía a bordo 6.400 toneladas de bombas, de las que pudieron extraerse 5.000 en las semanas siguientes al naufragio. Las 1.400 restantes (2.000 cajas de bombas de fragmentación, centenares de bombas de 500 Kg., bombas de fósforo blanco y otra bonita colección) son todavía susceptibles de explotar, en lo que sería la explosión no nuclear más importante de la historia y provocaría un desastre en todo el entorno del estuario. Generaría un géiser de agua de un kilómetro de alto y trescientos metros de diámetro, y después del guirigay una ola de tsunami de cinco metros que sumergiría una parte del estuario, los puertos más próximos, y destruiría parte de Londres.
El naufragio está balizado con un área de exclusión y vigilado por la marina inglesa, pero como está en plena entrada del estuario la zona de exclusión es pequeñísima (unos 400 metros de lado, 200 metros entre las boyas y el pecio) más pensada para que nadie se acerque a curiosear o bucear que para proteger nada en caso de explosión. En las siguientes fotos se ve la pequeña distancia que hay entre las boyas amarillas que delimitan la zona y la superestructura del pecio:
Todo el tráfico de mercantes que se dirige a Londres pasa por fuera de las boyas amarillas, igual que pasamos nosotros con el Corto Maltés. Imaginaos la situación con la niebla que es tan habitual en aquellas latitudes. Desde luego no protege al pecio de un accidente (un simple barco a la deriva con avería de motor y empujado por la corriente, o navegando entre niebla) o un acto terrorista, y menos aún de su propio desplazamiento en el fondo marino por los movimientos de la arena.
Recientemente se han obtenido unas imágenes impresionantes con sonar, donde se comprueba que está partido por la mitad y se ven hasta sus cañones:
Su ubicación es en la parte Sur del estuario, muy cerca del canal de navegación:
De hecho ya ha habido dos sustos: en 1980 dos embarcaciones estuvieron cerca de alcanzar el pecio en apenas una semana, y posteriormente ha habido incursiones dentro de la zona de exclusión.
Nadie se atreve ya a intentar extraer los explosivos que le quedan, que en un pecio corroído y partido por la mitad sería un trabajo de benedictino, sacando caja a caja con hombres rana. Pero el gobierno británico, que es el responsable de su vigilancia y el que ha heredado este problemón para varias generaciones, ha detectado zonas de acero tan degradadas que se desprenden con un golpe de herramienta, y que la base de los tres mástiles (los que asoman sobre el agua en las fotos) está tan deteriorada que corren el riesgo de caerse y chocar con el casco y las bodegas, donde permanece la dinamita.
Por eso se ha aprobado una impresionante operación, que costará 9,5 millones de libras, para retirar estos tres mástiles. Pero la operación no es tan sencilla como ir a cortarlos con una rotaflex. Hay que hacerlo con un entorno que evite las vibraciones, y por supuesto impidiendo que los mástiles cortados caigan sobre el barco. Los trabajos serán realizados por la empresa especializada en obras marítimas Resolve Marine, y si lo consiguen se mantendrán en un museo.
Quitar los mástiles evitará un riesgo pero creará otro, porque el pecio dejará de ser visible sobre el agua y será más fácil chocar con él. Hay que tener en cuenta que los temporales, tan frecuentes en el estuario del Támesis, muchas veces sueltan o mueven de sitio las boyas de señalización. Pasa también en nuestra bahía y en muchas otras del Cantábrico. Ojalá acierten.
¡Salud y República!.
lunes, octubre 05, 2026
Otro pescador al agua.
viernes, octubre 02, 2026
Perder el barco por cambiar de fondeo.
miércoles, septiembre 30, 2026
Literal: pescó a su marido.
lunes, septiembre 28, 2026
Salvado por un dron.
viernes, septiembre 25, 2026
Multado por exceso de velocidad.
lunes, septiembre 21, 2026
Habrá libro de la navegación a las islas y mares interiores de Francia.
Hola navegantes.
Como ya os dije antes del verano, la Editorial ExLibric vuelve a aceptar el reto de publicar el libro de mi última navegación. Se va a titular "El verano de las chicharras (Islas y mares interiores de Francia en el Corto Maltés)" y este es el índice:
Prólogo, por el navegante Paul De Meerschman.
1 Nuestros planes y los preparativos.
2 La entrada en Francia y el río Garona.
3 Primeras sorpresas en el Canal Lateral del Garona.
4 Los horrores del Canal de Midi.
5 ¡De nuevo el mar!.
6 El Étang de Berre y la ruta de las islas.
7 Más islas en la ruta de vuelta.
8 Nuevos cambios de planes y remontando el Ródano.
9 De nuevo el calor en los canales, y un accidente.
10 Los conciertos de chicharras y una pausa en Béziers.
11 La incorporación del grumetillo.
12 Un insólito regreso al Cantábrico.
13 Resumen, conclusiones y balance personal.
Anexo 1 Escalas y millas recorridas.
Anexo 2 Transcripción de las dibucartas.
Anexo 3 Comparación con viajes anteriores.
Epílogo. A Carlos Pellón, in memoriam.
En este nuevo libro cuento la navegación que realizamos en 2025 para conocer las islas y mares interiores del Mediterráneo francés, en el pequeño velero de menos de siete metros “Corto Maltés”. Salimos de Santander hacia el este para coger el Canal de Midi en Burdeos. Atravesamos toda Francia por los canales y, ya en el Mediterráneo, visitamos 10 de las 13 islas que jalonan su costa y los tres mares interiores navegables que nos habíamos propuesto: el Étang de Leucate, el de Berre y el de Thau, que son planos de navegación interior como el Mar Menor de Murcia. En total cerca de 1.200 millas náuticas en tres meses, de las cuales 460 por las aguas interiores, navegando por cinco ríos (el Garona, el Aude, el Hérault, el Ródano y el Pequeño Ródano) y franqueando 141 esclusas.
Lo más latoso fueron las olas de calor, que tuvimos que sufrir agravadas por la tala de los árboles del Canal de Midi, que se había quedado sin sombra. El sonido de aquel fatídico verano fue el de las chicharras, de la mañana a la noche, a veces tan fuerte que nos impedía hablar, y que da título al libro. Son los insectos más ruidosos del mundo, su sonido puede alcanzar los 120 decibelios, y eso a muchas personas les produce hasta dolor de oídos. En la época de apareamiento pueden emerger hasta tres millones por hectárea (como un campo de fútbol) y desde que amanecía hasta la noche no parábamos de escucharlas. Para siempre quedarán como la banda sonora de aquel verano.
El libro está prologado por el navegante francés Paul De Meerschman, un héroe de los veleros pequeños, que con uno como el Corto Maltés recorrió el Mar del Norte hasta Escocia, luego cruzó el Atlántico y el Caribe hasta México, y finalmente dio la vuelta a Francia por el mar y los canales. Os he hablado de él en el blog en varias ocasiones, y ha escrito dos libros con sus navegaciones.
El libro "El verano de las chicharras" saldrá este otoño, ya os lo concretaré más adelante. Espero que os guste y que os ayude a soltar amarras a los que tenéis veleros pequeños.
Y termino con una de las dibucartas que ilustran el libro, la de cuando estábamos disfrutando de aquellas preciosas islas, ya olvidados del sufrimiento de los canales. Se empieza a leer en la oreja derecha, y al primero que la transcriba le regalaré el dibujo original (clic encima para leerla mejor):
Con cuidado, navegantes.
domingo, septiembre 13, 2026
Curiosidades náuticas de Albania.
miércoles, septiembre 09, 2026
Recortar un velero con la rotaflex.
lunes, septiembre 07, 2026
Desembarcar a un hippie en un islote.
sábado, septiembre 05, 2026
Un lío de banderas.




















