Hola navegantes.
A veces me dicen que doy una visión demasiado
edulcorada del cáncer infantil, escribiendo sobre los que han tenido
suerte y han sobrevivido. Por supuesto que he conocido muchos de
los otros, los que fallecieron en el combate, pero no es cuestión de
difundir ideas pesimistas el día que se celebra, precisamente, la lucha de
los sanitarios y la sociedad contra el cáncer.
Como ya ha pasado ese
día, comparto esta poesía que escribí cuando me visitaron a la vez dos adolescentes que perdieron la vida muy jóvenes, el hijo de una amiga y compañera de trabajo por una leucemia, y mi hermano Jesús con la moto. Tán jóvenes que seguramente al morir ni les dió tiempo a ver su existencia como en una moviola, porque había sido demasiado corta. Para leerla en el
móvil poned la pantalla horizontal:
EL CHAVAL DE LA CICLOSPORINA GOLPEA MI PUERTA.
El chaval de la ciclosporina golpea mi
puerta,
y su golpe atraviesa mi alma,
la agita y despierta.
El chaval de la ciclosporina quedamente ha
venido,
arropado en suspiros helados,
sin nada de ruido.
El chaval de la ciclosporina al mirar
interroga,
tiene una triste mirada,
profunda, que ahoga.
Todo en él es un signo negrísimo de
interrogación
cuando estoy agarrado al
fonendo, o agarrado al timón.
Me pregunta el sentido de aquellos crueles
avatares,
de todos aquellos dolores
finiseculares,
y de todas las veces que un
poco de esperanza le dimos,
¡cómo decirle lo poco con que
los adultos nos redimimos!.
El chaval de la ciclosporina viene de lejos
preguntando lo que no
responden los sabios más viejos,
con esa mirada tan triste,
tan honda y profunda,
tan lánguida, y tan
desesperadamente moribunda.
Su llegada no fue, la verdad, tan
sorpresiva,
suelo esperar la visita tenaz
y furtiva
de los que adelantan el viaje
a la otra comarca
aviesa y zafiamente llevados
por La Parca.
Suele ser una visita desgarradora,
de las de maldecir el sitio y
la hora,
de las de no recordar los
ojos ni la cara,
ni lo que se dijera ni se
insinuara.
Así me vino un día Jesús, el de la moto,
ese de la sonrisa dulce de la
foto,
haciéndome preguntas desde la
estantería
desde la que su foto me hace
compañía.
Y vino como Jorge, venga a preguntar
lo que ni yo ni nadie
consigue contestar,
por más que hilvanando frases
y palabras
nos salgan veinte o treinta
de estas rimas macabras.
Por eso cuando ayer oí un golpe en la puerta
(ese que espabiló mi alma
medio muerta),
y vi en Jorge las mismas
interrogaciones
que me hizo Jesús en otras
ocasiones,
le pasé sin decir esta boca
es mía
a sentarse a mi lado bajo la
estantería.
Y allí, en un silencio de fotografía,
con la ausencia de Jesús, de
Jorge, y con la mía,
para no contestar nada hemos
hecho esta poesía:
para no contestar nada y
hacernos compañía.
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Y aquí el dibupoema, hecho con las estrofas en rojo. Se empieza a leer en el texto a la izquierda de la cara (clic encima para verlo mejor):
Con cuidado, navegantes.