Hola navegantes.
En entradas anteriores os hablé del navegante francés Paul de Meerschman, que con un barco como el Corto Maltés ha recorrido varios países europeos hasta el Mar del Norte, ha cruzado el Atlántico y ha recorrido parte del Caribe. Debido a la pandemia de Covid y a una avería importante, regaló el barco en el Caribe y regresó a Francia. Podéis ver su historia aquí:
En cuanto lo leáis vais a comprender que Paul no es de los que se sienta en un sillón con orejeras a ver correr la arena del reloj. Pasados los confinamientos y la pandemia, volvió a las andadas con un velero aún más pequeño. Se compró un Micro Challenger, de 5,5 metros de eslora, con el que dio una vuelta a Francia por el mar y los canales, igual de masoca que la nuestra en el Corto Maltés. Luego la contó en otro libro titulado “Petit bateau tour de France, par mer et canaux sur un bateau bivouac de 5,50 m”. Paul narra todas esas navegaciones impresionantes como quien cuenta una partida de bridge, sin un latido más rápido que otro cuando nos describe situaciones en las que su vida estuvo en peligro.
Su experiencia en el Canal de Midi confirma lo que os he dicho otras veces, que la navegación en los canales no es más fácil ni menos peligrosa que en el mar. En 2022, estando amarrado en el río Garona (el río donde desemboca el Canal de Midi) le sorprendió una fuerte tormenta entrándole las olas por la popa y la lluvia por arriba. Dejó el barco amarrado en una orilla, con tan mala suerte que el agua que escurría por el imbornal arrastró un cabo que estaba suelto en la bañera, y ese cabo terminó taponándolo. En la siguiente foto, el estado en que se encontró el barco, inundado por el agua marrón de los canales.
A continuación al agua penetró en los cofres y en la cabina, todo ello en un cuarto de hora. Y el barco no se fue a pique gracias a que era insumergible, o sea, tenía parte del casco relleno con porespán para que no se hundiera incluso lleno de agua. Pero los daños en el interior y la escasa electrónica de a bordo fueron importantes. Después del disgusto, Paul secó todo lo mejor que pudo, y por suerte consiguió proseguir su navegación y terminar la vuelta a Francia.
Me siendo muy identificado con la forma de navegar de Paul, con medios modestos y privilegiando los contactos humanos y el conocimiento lento de los lugares más que buscando récords de velocidad. Los dos hemos comprobado que son las personas, más que los paisajes, las que crean los paraísos y los infiernos. Y por eso, aunque no nos conozcamos personalmente, le pedí que prologara mi próximo libro que se titulará "El verano de las chicharras", aludiendo al calor patológico que pasamos el verano pasado cuando recorrimos las islas y los mares interiores del Mediterráneo francés. Y me contestó que sí. El libro estará disponible después del verano. Gracias, Paul.
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