Visitas al blog:

jueves, 11 de junio de 2020

El síndrome de Diógenes en la náutica.

Hola navegantes.

Pues sí, también existe y da más pena porque se nota más. Cuando vives en el barco tu vida está expuesta a todas las miradas, sobre todo cuando fondeas o amarras en un sitio cercano a una población habitada.

Me ha llegado la historia de este navegante. Al parecer salió de Cerdeña hace unos 15 años sin un duro. Cruzó el Atlántico y quería pasar por Panamá. Como no tenía dinero no le dejaron cruzar por el istmo y pasó al Pacífico vía el estrecho de Magallanes. El barco estaba preparado y reparado como si efectivamente no tuviera un céntimo. Las drizas eran cabos recuperados de redes de pesca. El mástil era de otro barco y las crucetas las había hecho de la primera madera que encontró. Se hizo una especie de bimini con defensas deshinchadas con tubo de PVC. Dormía en colchones flotantes de playa. No tenía nada de electrónica. Había tenido piratas a bordo dos veces. Él se denominaba un vagabundo con barco. Entre toda la buena gente de Fornells le llevaban pan, comida, y gasolina para que pudiera regresar a casa después de tanto tiempo, ya que le quedaba muy poco. Le preguntaron qué haría cuando llegase a casa y respondió que no tenía familia y que se dirigiría otra vez al Pacífico vía Suez. No han vuelto a saber de él.


En mis navegaciones he conocido gente así, aunque no tan exageradamente. Por ejemplo en la vuelta a Francia paramos en un puertecito del interior, Rochefort, que era como un desguace. Se encuentra tierra adentro, y se accede remontando 24 millas el río Charente y pasando bajo un puente colgante de hierro que es una fotocopia del de Portugalete (lo construyó el mismo ingeniero). En Rochefort un porcentaje alto eran barcos ruinosos y abandonados, habitados o no pero llenos de cochambre y de remiendos, con seguridad no aptos para navegar y dudosamente como vivienda. Los responsables del puerto debían estar avergonzados del espectáculo que daban, hasta el punto de que las tarifas establecían una diferencia entre barcos limpios y sucios, siendo más cara para los sucios. Por ejemplo un barco de diez metros costaba 1.633 € al año si estaba limpio y 1.901 € si estaba sucio, aunque no encontré cómo se definía el estado de limpieza ni quién lo decidía. Aunque he de reconocer que en la mayoría de los “sucios” habría unanimidad absoluta entre cualquiera que lo juzgara, salvo, claro está, su propietario. Nunca había visto esta diferencia de tarifas en ninguno de los muchísimos puertos que he visitado, lo que me hace suponer que los responsables son conscientes del problema que se les ha creado. Los puertos alejados del mar son más baratos, y por eso acaban allí muchos barcos abandonados hasta su venta o para bricolajes eternos.

¿Qué tristes historias esconderán estos barcos abandonados, dejados a pudrir en un sitio lejano? A veces ocultan el fallecimiento de su capitán y el desinterés por la náutica de los herederos. Otras veces un drama personal, una ruptura sentimental, un amor descuidero o simplemente el aburrimiento por seguir navegando, y un capitán solitario acaba de ermitaño en una de esas ruinas contando historias casposas hasta el descanso eterno, lejos de su familia y hasta de su país. Y otras veces a optimistas patológicos que dicen que están preparando el barco para dar la vuelta al mundo, pero ya llevan 10, 15 o 20 años haciéndolo, sin darse cuenta de que el tiempo no pasa en balde y ya sólo están para cederles el sitio en el autobús.

En Rochefort los barcos estaban amarrados tan cerca de los paseantes como para verles el blanco del ojo, y todo el mundo se metía en su vida sin decir “con permiso”. Estuvimos entretenidos filosofando sobre la vida de una pareja madura que vivía en un catamarán ruinoso. Todo el barco estaba lleno de trastos desordenados, de telas tapándolos, y tenía hasta andamios colgando por las bordas para acceder a las reparaciones del exterior de los cascos. Tenían una hijita de unos diez años aburrida como en el castillo de los bostezos, a la que habían hecho un pequeño columpio colgado de la botavara, y fuera, en el puerto, sus tres bicicletas para los desplazamientos. Obviamente se habían establecido en aquella ruina intentando restaurarla, pero por la edad canónica de la pareja y los compromisos que les habría creado tener esa hija era evidente que no soltarían amarras nunca. ¡Qué pena esos sueños truncados! Seguramente ellos se veían dando la vuelta al mundo, nosotros sólo podíamos ver aquella vida en pantuflas.


El caso que os cuento hoy es peor, en mi opinión un auténtico Síndrome de Diógenes. Es un trastorno del comportamiento que se caracteriza por el total abandono personal y social y la acumulación de grandes cantidades de basura y desperdicios, pensando que alguna vez serán de utilidad. Afecta, por lo general, a personas ancianas que viven solas. El nombre hace referencia a Diógenes de Sinope, filósofo que adoptó hasta el extremo la independencia de las necesidades materiales y de vivir con lo estrictamente necesario: los enfermos creen que todo lo que almacenan será de utilidad en algún momento y para ellos es "estrictamente necesario".




En la vuelta a Francia con el Corto Maltés nos pasó algo curioso en el pueblecito de Picquigny, ya en los canales. Al anochecer David se llevó la basura para tirarla al contenedor y volvió muy tarde con una anécdota curiosa. Como no encontraba el contenedor le preguntó a un paisano, que se ofreció a llevársela insistiendo mucho. David se lo agradeció, pero cuando le siguió con la vista vio que no la llevaba a un contenedor sino que se metía en su casa con nuestra basura. Era un síndrome de Diógenes que al principio le pasó desapercibido. ¡Qué pena. Por lo general son personas que se sienten solas, o no han superado la muerte de un cónyuge o familiar muy cercano, o presentan cuadros depresivos o auténticos trastornos psiquiátricos. En algunos casos las penurias económicas pueden fomentar este síndrome pero no siempre, porque se da también en personas de alto nivel socio-económico. También hay autores que sostienen que no debe ser catalogado como una enfermedad sino que es sólo un estilo de vida diferente. 



En cualquier caso, si alguien consigue navegar con un barco cargado como el de la foto anterior, hay que reconocer que tiene su mérito.

Con cuidado, navegantes.

2 comentarios:

  1. ¡Cuánto talento se logra entrever en este corto relato o referencia!
    Me gustaría mucho, y tal vez logre en algún momento, adquirir uno de los libros que has escrito.
    Saludos desde Argentina

    ResponderEliminar
  2. Gracias por tus palabras, Timershift. ExLibric esta implantada en Sudamérica desde hace pocos años, puedes pedir cualquiera de los libros y te los mandan a casa. Un saludo.

    ResponderEliminar

Los comentarios son bienvenidos. Lo más cómodo es poner tu nombre al final del texto y luego elegir como identidad "anónimo".