MI amigo Milo puso ayer en un comentario la razón de la H muda de los remolcadores de Santander. Como desde los "comentarios" no funciona el enlace, lo reproduzco aquí. Gracias, Milo.
'VEHINTISIETE', 'TRHEINTAYUNO', ...
la curiosa historia de los remolcadores del puerto de Málaga
Los buques, de una
empresa con origen en Santander, son conocidos por su calidad y por
llevar una 'h' en sus nombres, por los que se les identifica incluso
internacionalmente
Esquina del
Muelle Uno. Cerca de La Farola, justo en el nuevo
espacio creado en el puerto con una cristalera que mira hacia el dique
de Levante y la estatua de Elena Laverón 'Mujer banco'. Un turista
nacional realiza fotos entusiasmado por el paisaje, la luz, los barcos…
Encuentra un encuadre que le gusta. Varios
remolcadores amarrados con el ferry que hace la ruta a
Melilla al fondo de la imagen. No lo duda, dispara con su teléfono móvil
pensando en que la foto puede estar bien para su
Instagram. Cuando se dispone a comprobar la instantánea algo le sorprende. El primero de los barcos tiene como nombre
'THREINTAYUNO'… Lo vuelve a mirar, sí… 'THREINTAYUNO'…
¿Una errata? ¿Un número en portugués?
Pues ni lo uno ni lo otro. En el
puerto de Málaga operan actualmente dos remolcadores (el
'VEHINTISIETE' Y EL
'VEHINTIOCHO') que realizan, entre otras, tareas de apoyo de la maniobra de otros buques u objetos flotantes. Mientras que otros dos -el
'VEHINTINUEVE' Y EL
'THREINTAYUNO'- que también tiene base en Málaga
realizan trabajos fuera del puerto, ya que la compañía a la que
pertenecen, Rusa Málaga S.L., perteneciente al Grupo Remolques Unidos de Santander, también operan en aguas internacionales, allí donde son
reclamados. De hecho, esta misma semana, el citado remolcador
'THREINTAYUNO', salía de noche del puerto de Málaga a buscar un barco
containero de 149 metros de eslora, que había sufrido un incendio al
norte de Argel y se había quedado sin máquina. Y es que estos barcos
también cuentan con equipos de salvamento o contra incendios de agua y
agua espuma, así como bombas de achique para buques siniestrados en el
mar.
¿Y qué ha llevado a que sean denominados
con esa peculiar ortografía?. Sus nombres vienen de lejos pues antes que
los anteriormente citados ha habido muchos otros. Concretamente el
primero de ellos que llegó a Málaga lo hizo en 2011 y fue precisamente
el
'HONCE'. Años después llegaron el
'QUIHNCE',
'DIHECISEIS', '
DIHECISIETE',
'DIHECIOCHO',
'VEHINTE', etc.. hasta los actuales. Y es que su renovación (se suelen vender a otros países) es constante.
Como
se ha visto, todos ellos con esa peculiar 'H' a la hora de escribir el
número, que podría pensarse que viene por la clase 'H' como se conoce a
un tipo de remolcadores considerados clásicos. En este caso, la
explicación va más allá.
Enrique González Fernández, fundador de la actual empresa cántabra
Remoques Reunidos en 1962, comenzó a operar con
pequeños barcos pesqueros de segunda mano construidos en madera que
finalmente se transformaron en remolcadores. Años después, en 1973 tras
asociarse con empresarios del mundo marítimo de Santander, comenzaron a
ordenar las construcciones de sus remolcadores en Astilleros Cántabros,
según cuentan desde la empresa.
Al primero, por lógica se le llamó 'UNO'. Sin embargo, la administración de la época denegó
que se pudiera poner tal nombre y obligó a cambiarlo ateniéndose a la
normativa del nombre e indicativo de matrícula de la embarcación. «Decía
algo muy similar a la
actual,
que impedía poner números en los nombres, aunque podía entenderse que
un número escrito no entraba en esa definición, pero la realidad es que
la administración lo denegó y nos hicieron cambiarlo», comenta
Roberto González, director general de Remolques Unidos.
¿Qué hicieron entonces? Pensaron incorporar
la letra 'H' a cada uno de los barcos que tenían para que se
pronunciara igual y cumplir con aquella salvedad. «Para esas primeras
construcciones se decidió que la H ocupara el puesto que indicaba su
nombre siendo en 'Huno' la primera, en 'Dhos' la segunda, en Trhes la
tercera, pero en ningún momento se pensó que podríamos llegar al número
'TRHEINTAYTRES'...», explica.
Dicha denominación, que suena como los
números habituales, facilita las operaciones en las que hay varios
remolcadores implicados y en las que pueden dirigirse a ellos por su
número en las comunicaciones. Esta curiosidad ha hecho que también sean
conocidos como 'los de la H', incluso internacionalmente. «En algunas
operaciones se dirigen a los buques como 2h7 (pronunciado en inglés) en
lugar 27 (en inglés)», asegura González.
Y desde aquel primer 'HUNO' ya van por el
'THREINTAYTRES' y no se sabe hasta dónde llegarán. La empresa Remolques
Unidos tiene actualmente una flota de 14 remolcadores (los que no están
en Málaga están en otros puertos), de los cuales siete tienen esta
denominación. En Málaga, desde donde están desde 2002 algunos han tenido
importantes participaciones tanto dentro como fuera del puerto.
Intervinieron en casos como cuando quedó
encallado el buque portacontenedores 'K Wave en Almayate en 2011 o en el de
la plataforma que quedó encallada en Benalmádena en 2017.
Y
aunque estos remolcadores actuales son sinónimo de modernidad y
eficacia, en el puerto de Málaga ha habido otros antes de la llegada de
los de la 'H', aunque aquel 'Honce' en 2002 supuso una nueva etapa. En
las siguientes imágenes del Puerto de Málaga, se pueden ver algunos de
los antiguos remolcadores de Málaga como el Valdivia, el Cánovas o el
Torrebermeja (con el Fuengirola detrás), aunque ha habido otros como el
Torre del Mar o Torre Vigía.
En Santander han bautizado a los remolcadores de una forma curiosa. En vez de ponerles el nombre de marinos famosos, héroes nacionales, estrellas del firmamento o cosas similares, les han puesto los números cardinales con una H muda intercalada:
En la vuelta a Francia con el Corto Maltés vimos en Saint-Malo un "Vehintitres". Primero pensamos que era el de Santander haciendo allí algún trabajito, pero no, el barco está matriculado en Saint-Malo:
Si alguien conoce el origen de esta costumbre y por qué han podido copiarla en Francia, que lo comparta.
En la vuelta a Italia con el Corto Maltés llegamos en agosto al puerto de Santa María di Leuca, en el tacón de la bota italiana, donde termina el mar Jónico y empieza el
Adriático. Su característica principal es la
escalera de Mussolini. Está justo detrás del puerto y se la ve
perfectamente en la aproximación:
Os lo conté en la entrada del 8-8-21. Pues fijaos la "patera" que ha llegado a ese puerto:
Es un Bavaria 50 con 106 personas inmigrantes que venían de Turquía. Al parecer las neumáticas, las piraguas de madera y otro tipo de ingenios flotantes están siendo sustituidos por veleros de alquiler. En este caso rozando la capacidad de flotación. Equivaldría, haciendo una proporción por la eslora, ¡a llevar en el Corto Maltés a 50 personas!. Al parecer llegan así todos los días, y en Santa María di Leuca había otros 14 veleros precintados por el mismo motivo, la mayoría veleros de alquiler.
Esta nueva forma de inmigración ilegal plantea diversos problemas que se añaden a los que hay de fondo. Principalmente cómo hacen para pasar por las islas griegas sin ser detectados, por qué no lo sospechan las empresas de alquiler, que al final pierden un barco, quiénes manejan esos veleros que necesitan cierta competencia técnica para gobernarlos, y más así sobrecargados, etc.
Preguntas sin respuesta que iremos conociendo en los próximos meses. Nosotros en la vuelta a Italia tuvimos la suerte de no encontrarnos con ninguna patera, una de las cosas que más temíamos, porque supone un problema ético, de riesgo de naufragio y legal de mucha enjundia.
Ético por las dudas de conciencia de ayudar a personas que están huyendo de zonas conflictivas, sabiendo que cuando toquen el puerto a donde eventualmente les ayudes a llegar van a devolverles a su país.
De riesgo de naufragio porque con la ansiedad pueden subir a bordo más personas de las que aguante el barco, y volcarse o directamente hundirse, con el coste en vidas de ese accidente.
Legal porque pueden acusarte de apoyar a la inmigración ilegal y acabar en juicio y en la cárcel, como ya hay muchos precedentes.
Problemas para los que reconozco que no tengo una respuesta, y supongo que en el momento improvisaría haciendo lo que me dictase el corazón.
Esta navegación bien merece una bonita dibucarta de recuerdo, y que a la vez sirva de homenaje a mi barquito. Aquí va para compartir nuestro éxito con vosotros, que nos habéis seguido todos estos meses (hacer clic sobre la imagen para verla mejor):
Como siempre, al primero que la traduzca aquí abajo, en los "comentarios", le regalo el dibujo original. ¡Ánimo que es fácil!.
Aquí va un pequeño balance de la vuelta a Italia este verano:
Tiempo empleado: 111 días (5 de junio a 24 de septiembre).
Millas recorridas: 2.290 (por ahora, el viaje más largo del Corto Maltés).
Millas en canales: 87, navegando por 4 ríos: el Brenta, el Adige, el Po y el Mincio.
Islas en que hemos recalado: 18.
Esclusas atravesadas: 9.
Pernoctaciones en marinas: 93, o sea, el 83 % de las noches.
Precio de las marinas: de 5 euros por noche (Adria) a 55 euros por noche (Milazo y Procida).
Coste: 771 euros por persona y mes.
Consumo de gasolina: 210 litros. Supone que hemos hecho a motor,
solo o apoyando a las velas, el 18 % del recorrido por mar. No cuento
los ríos y canales, que obligatoriamente se hacen a motor pues hay que desarbolar.
Operaciones de mantenimiento, reparaciones y bricolaje: 42.
Lo mejor: entrar con mi velero en el puerto romano de la isla de Ventotene, excavado en la roca. Las excursiones por Sicilia, y especialmente le subida al Etna en erupción. Haber estado con mi velero en las míticas Islas Eolias. La llegada a Venecia, después de tantos meses imaginándola y de dos años de haber pospuesto esta aventura. Habernos librado de las posibles y tan temidas complicaciones del Covid.
Lo peor: los problemas para encontrar atraque en algunas zonas, especialmente en el entorno de Roma, y la sensación de que nos estaban tomando el pelo al ocupar los atraques de transito para otros usos. La ola de calor en el Sur de Italia (hubo días de 48 ºC). La noche fondeados y garreando al Sur del Promontorio Gargano, por no haber alcanzado el puerto de Vieste debido a las fuertes rachas. El día que nos alcanzó el temido viento Bora, al Norte de Ancona. La colmatación de algas en los canales antes de Mantova. Y en general los altos precios y la mala calidad de las marinas en Italia.
Y mencionar que por el camino se me han perdido 5 kg.
Finalmente, unos deberes con premio para el primero que lo traduzca:
Como estaba previsto, esta mañana llegó el Corto Maltés a Santander.
Han sido dos días de viaje por carretera, en los que ha deshecho el camino que por mar nos costó casi cuatro meses:
Nos ayudaron en la maniobra Tito, Miguel y Nacho. Antes de botarlo aprovechamos para limpiar lo más posible los caracolillos que traía del Mediterráneo. Pero de nuevo ha quedado de manifiesto que no me libro de sacarlo el año que viene para renovarle la patente, porque realmente estaba muy, muy sucio. También aproveché para inspeccionar el mástil mientras estaba en tierra, y por suerte allí no había problemas.
Después botamos el barco sin el mástil. Esa es la parte fácil. Sólo teníamos que estar pendientes de ir aflojando las amarras, porque la marea estaba bajando, hoy concretamente casi 3 metros. De vuelta al Cantábrico tengo que recuperar los reflejos respecto a la marea, que después de 4 meses en el Mediterráneo temo haber perdido.
Luego viene lo difícil, que es poner el palo. Hay un momento peligrosísimo, que es cuando ya has puesto el pasador que lo une a la cubierta, pero sigue sujeto arriba por la grúa. Si en ese momento pasa un barco haciendo olas, en el seno de la ola el barco desciende, y como la grúa está sujetándolo por arriba podría arrancar el soporte de la cubierta. Por eso hacen falta muchas manos para enganchar rápidamente la jarcia, al menos cuatro personas: una para cada obenque, una para el estay y otra para el bakestay. Cuanto antes pueda soltarse de la grúa mejor. Luego, sin prisa, se afianzan los otros dos obenques y se ajusta todo para que el palo quede recto.
Por suerte todo salió bien, y luego Ana y yo hemos dedicado casi todo el día a ajustar la jarcia, poner las velas, la electricidad del palo, y ordenarlo todo, pero ya tranquilamente en nuestro atraque. La lista de trabajos pendientes es de 14, o sea que necesitaremos varios días para dejar al Corto Maltés en plena forma.
En los próximos días haré un balance de esta navegación de la vuelta a Italia.
Ayer, al anularse nuestro vuelo desde Bolonia por la huelga, gestionamos otro desde Roma a Santander y dedicamos el día a conseguir llegar a Roma. Teníamos que estar en el aeropuerto a las 4.30 h. de la madrugada, y preguntamos los posibles medios de transporte en cuatro sitios: la estación de tren, la empresa de autobuses, la estación de taxis y en un Bed and Breakfast. Finalmente fuimos en autobús y llegamos a las 12. Cuál no sería nuestra sorpresa al encontrarlo cerrado.
Los pasajeros que habían hecho como nosotros nos encontramos en la calle, a la puerta de un edificio cerrado (aunque había personal dentro), durmiendo en un banco al raso, sin aseos, y con la máquina del café estropeada. Una forma delirante de tratar a los viajeros, como si fuéramos reses, y la lógica llevada al absurdo, pues mantienen líneas de transporte a una hora en que el aeropuerto está cerrado. Entre este colofón del viaje, el precio y la mala calidad de muchas de sus marinas, las sospechas de mal uso de los atraques de tránsito, la suciedad hecha costumbre, la pésima calidad de los servicios públicos y otros detalles, creo que no volveré a pisar ni navegar por Roma y sus alrededores hasta que haya vuelto la Unión Soviética o hasta que el Corto Maltés deje de medir 23 pies.
La parte buena, haber descubierto otro uso de la mascarilla: ayudarte a dormir en la calle tapándote los ojos.
A una navegante solitaria que volvía de una vuelta al mundo a vela le preguntaron si había pasado miedo alguna vez. Y contestó: "sí, especialmente cuando me acechaban las fieras en los pasos cebra". Una forma irónica de decir que lo peor no estaba en el mar sino en tierra. Lo mismo voy a decir yo cuando me pregunten por lo peor de la vuelta a Italia: la anulación del vuelo de Bolonia a Santander. Ha sido una noche peor que la del promontorio Gargano cuando nos garreaba el fondeo.
Finalmente llegamos a Santander, donde nos esperaba la cola y los trámites del Covid, y que me ha recordado que, milagrosamente, lo que más temíamos este año no ha sucedido. Una interrupción o suspensión de la navegación por el maldito virus.
Si todo va bien esta noche llega José Luis con el barco a Santurce, y mañana le botaremos en Puerto Chico. Unos días después haré un balance en caliente de esta larga navegación.
¡Qué sensación más rara el final de un largo viaje!. Por un lado estás deseando volver a casa, a tu zona de confort, a tus rutinas. Pero por otra sabes que dentro de poco echarás de menos estos meses de vida robinsonesca, improvisada, incierta, donde cada día al salir a navegar no sabes ni dónde vas a dormir ni las aventuras que te sucederán por el camino.
Hoy hemos sacado el Corto Maltés de la laguna en Mantova.
Nos levantamos a las 5 para estar listos a las 6, cuando saliera el sol, ya que José Luis tiene por delante un larguísimo viaje por carretera. Hace rarísimo haber venido hasta aquí en 4 meses y regresar en 2 días. Se amontonan en la cabeza los recuerdos, ya desordenados, que habrá que ir recolocando en los próximos meses.
También hace rarísimo ver alejarse a tu compañero de aventuras en la caja de un camión, tan ajeno a su medio natural, que es el agua.
Entre las curiosidades, comprobar la diferente fauna que se pega al casco en cada mar. El Corto Maltés ha salido con unas conchitas vermiformes que nunca le han salido en Santander. Allí lo que le sale es un felpudo blandito de color verde moco que se desprende muy bien. Tenía la esperanza de poder prescindir el año que viene de darle la patente, teniendo en cuenta que se la renové en el camión a la ida y le voy a retocar las zonas peores a la vuelta, pero ahora me parece que no me quedará más remedio que dársela.
Ana y yo íbamos hoy a Bolonia en tren y mañana a Santander en avión. Pero al poco de salir de Mantova nos llegó un correo anulando nuestro vuelo por una huelga. Estamos buscando un transporte alternativo con la esperanza de poder estar el sábado en Santander para botar el Corto Maltés.
Hoy hemos pasado el día en Verona. Antes de salir vimos con preocupación que las algas que nos obstruyeron el motor en el canal de Mantova están entrando también en la laguna:
Por suerte ya no tenemos que mover el barco más que unos 30 metros hasta el pantalán de la grúa. Limpiaremos el circuito en Santander.
En Verona lo más curioso es el Arco de la Costilla, que une la Pizza dei Signori con la Piazza Erbe. Se llama así porque tiene colgada una costilla de ballena, que nadie sabe a ciencia cierta qué hace allí ni por qué se puso.
La leyenda dice que cuando pase por el arco una persona justa la costilla se caerá. De ser cierto el género humano está perdido, porque todos los días pasan miles de personas por debajo y la costilla lleva varios siglos allí colgada.
La ciudad nos ha encantado, sobre todo las vistas de sus numerosos monumentos enmarcados por el Río Adige.
Es impresionante ver en el interior del Continente un río que ya conoces de la desembocadura. El Adige le cruzamos un poco antes de llegar a la laguna de Venecia, y nos obligó a dar un bordo mar adentro por las lenguas de arena que desprendía.
Hoy hemos aprovechado la mañana para conocer la laguna de Mantova desde dentro. Obviamente es de agua dulce y su calado, por lo que nos han asegurado, siempre es superior a los dos metros. A pesar de ello hemos ido con la orza y el timón subidos para más seguridad.
Teníamos ganas de llevarnos de recuerdo una foto del Corto Maltés con la ciudad de Mantova al fondo, como la de Venecia. Pero aquí es más difícil porque no hay un sitio adecuado desde la orilla, y no encontramos a nadie que pudiera hacérnoslas desde un barco. Pero fijaos la que conseguimos:
¿Que cómo la hicimos?. Pues dejando a Ana abandonada en mitad de la laguna, en una balsa de palés, para hacerla:
A la vuelta fuimos a probar el pantalán donde tendremos que poner el barco para subirlo con la grúa. Es un pantalán pequeñísimo al lado de uno de los puentes que comunican la laguna con el río. Pero creo que servirá.
Luego fuimos a recorrer una pista ciclable que rodea la laguna:
Para nosotros es el final de una emocionante aventura, y os mandamos un recuerdo desde Mantova:
Para terminar os enseño la moneda de 5 céntimos de euro troquelada que me traigo de recuerdo de esta vuelta a Italia:
Es una de esas tonterías que te alegran la vida al recordar los tiempos mejores. De cada esquinita de ese perfil (menos Cerdeña) traigo recuerdos inolvidables.
Mañana iremos en tren a conocer Verona, y pasado mañana esperamos a José Luis con el camión.
Hoy nos levantamos a las 6 para coger el tren a Milano a las 8.42, pero antes tenía que arreglar un pinchazo de la bici. Anoche lo intenté, pero estaba lloviendo y fui a hacerlo en los soportales del club náutico, que tenían luz. Pero todos los mosquitos del Río Mincio habían tenido la misma idea, ir a la luz y no mojarse, y la manada entera se abalanzó sobre mí. Tuve que irme corriendo al barco y dejarlo para hoy.
Para empezar bien el día comprobé que no tenía una rueda pinchada sino dos. O sea que el balance de la visita de ayer a Mantova y sus maravillosas calles empedradas es de las cuatro ruedas pinchadas. Bonito récord.
El tren estaba adaptado para las bicis, pero obviamente no para "nuestras bicis", que como no llegaban al soporte inferior, en las curvas bailaban el rock and roll:
En Milán fuimos a ver, cómo no, la catedral, una de las más grandes del mundo católico. En una de las naves vi una escultura de un anciano muy musculoso. ¡Qué cateto soy!. Resulta que es San Bartolomé, que sufrió suplicio siendo desollado vivo, y se le ven los músculos tan bien porque le falta la piel. ¡Vaya morbo!.
El escultor no escatimó ni un detalle morboso. La estatua parece tener tres piernas. Y es porque el Santo lleva colgado del cuello su propio pellejo, y la piel de una de las piernas la ha hecho coincidir con la pierna desollada:
También se ve que en la espalda lleva, como si fuera el final de una bufanda, la piel de su cabeza, que mantiene la forma de su cara. Y el brazo derecho parece terminar en dos manos, porque el escultor morboso también hizo coincidir allí la mano desollada con su propio pellejo:
Había unas niñas contemplando atónitas la escultura. No sé lo que pensarían, pero ese Santo, después de ver al crucificado, alguno de los frescos de las paredes, y el cadáver de un obispo en su mausoleo, hacía pensar que estábamos en el museo de la tortura en vez de en una iglesia. Pobres criaturas.
Para seguir con el morbo, me he enterado que San Bartolomé es el patrón de aquellos que trabajan las pieles, fabrican o usan cuero, guantes, abrigos, cinturones y botas, encuadernadores, pastores y vaqueros. También de las modistas por llevar su piel sobre los brazos. Ahí queda eso.
Cambiando de tema y como curiosidad ajena a nuestro viaje, enseñaros el Ferry que ha contratado Brittany Ferries para renovar su flota de aquí a 2.028:
Es verdad, no estáis soñando. Es la locura de los foils, que he criticado en otras ocasiones, llevada al extremo. Yo he dicho que más que barcos son aviones, porque vuelan sobre el agua a la que sólo están unidos por el alerón. Pues ya no hay que disimularlo: un auténtico avión sustentado en el agua por foils, que podrá llevar a 150 pasajeros a más de 150 nudos (mi barquito navega a 3-5 nudos). Supongo que tendrán que definir pasillos en el mar donde no nos metamos los demás. Si no, los navegantes deportivos tendremos que pasarnos a los submarinos.
Hoy hemos pasado un día de descanso en Mantova visitando la ciudad. Está en la orilla de tres lagos, en realidad tres ensanchamientos del Río Mincio, por el que llegamos nosotros, comunicados entre sí. La verdad es que es increíble haber llegado en barco hasta aquí desde España, primero por el mar costeando dos países (tres con Mónaco) y luego remontando cuatro ríos. Y eso con un barquito de menos de 7 metros y un fueraborda de 6 CV.
La parte mala es que, como estamos en un río, esto está trufado de mosquitos, de los que parece que no han hecho una comida completa en su vida. El atardecer es insoportable. Tenemos que encerrarnos en el barco y echar bien de espray para darles matarile.
Entre las cosas prácticas, hoy tuvimos que buscar una tienda de bicis para comprar una cubierta y dos cámaras, porque las pequeñajas, que no habían dado problemas en todo el viaje desde Santurce, se han puesto de acuerdo en pincharse a la vez. Tres pinchazos en 24 horas.
No es extraño porque Mantova ha mantenido el empedrado de muchas de sus calles supongo que de la época medieval, y están empedradas con cantos de río:
Entrar en ellas con la bici es peor que el París-Dakar. Se te aflojan hasta los empastes.
Entre las curiosidades, una iglesia, la Basílica de Sant' Andrea, que afirma poseer restos de la sangre de Jesucristo (dicen que la trajo Longino, el soldado que le dió el lanzazo en el costado, que la recogió del pie de la cruz). Se le han quedado viejas las sillas y ha lanzado una campaña de "adopta una silla". Cada silla dicen que les cuesta 100 euros, y si adoptas una tienes el honor de que esté rotulada con tu nombre o el de uno de tus seres queridos. Como veis, una donación desinteresada. De verdad que no me lo invento:
Hemos intentado alquilar un coche para estos días y las empresas con las que hemos contactado, y son las famosas, tienen un stock de coches de alquiler que asciende a dos. Obviamente los tienen ya alquilados y con lista de espera. Así que vamos a movernos por aquí en tren, y mañana iremos a conocer Milán. Aquí también hay gracias derivadas del Covid. Para ver "La última cena", de Leonardo, hay lista de espera hasta el día 23. Ver para creer.
Entre los trámites, hemos ido a dar el visto bueno al sitio donde sacará el camión nuestro barco del agua:
Está aquí al lado, en el Club Motonáutico Mantovano, y como el camión no atraviesa la ciudad no necesita permisos específicos. Si este sitio no sirviera tendríamos que ir a otro muelle público de la ciudad, y ese ya necesitaría un permiso municipal.
Ayer decía en un comentario que una de las razones para no seguir por el río Po era que ya no estábamos para emociones fuertes. Pues las hemos tenido en el canal de Mantova.
Han sido otra vez las malditas algas, como en la vuelta a Francia. Entramos en un tramo del canal, unos pocos kilómetros, absolutamente colmatados de algas, en algunos tramos el 100 % de su superficie, para que no hubiera forma de evitarlas.
Entramos allí encomendándonos al de las causas perdidas, que no me acuerdo cuál es, pero no sirvió de nada. El motor sufrió un calentón por las algas enredadas en la hélice y por la obstrucción de la toma de agua. Conseguimos salir de la zona de algas enfriando el cárter con agua fría (que hervía en cuanto le tocaba) y al llegar a aguas un poco más libres fondeamos en medio del canal, porque no había ningún pantalán en las cercanías. Allí sacamos el motor, limpiamos todo y le dejamos enfriar, después de lo cual parece que ha vuelto a ir normal. Pero el susto no nos lo quita nadie. Ya os he comentado que en las aguas interiores no hay servicio de salvamento. Si no se hubiera resuelto uno de los dos tendría que haberse ido nadando a la orilla, hacer autoestop hasta Mantova, y haber vuelto con un mecánico o con un remolque.
Posteriormente, en Mantova, el dueño del Club Motonautico Mantovano, donde nos hemos quedado, me ha dicho que ni a los de aquí se les ocurre navegar por el Po. Que es fácil varar en los arenales, con el agravante de que si haces algo mal, la corriente del río te mete más adentro en el arenal y luego no hay quien te saque. O sea que hicimos bien en no jugarnosla y terminar la navegación aquí.
Por lo demás, la navegación de hoy ha sido muy interesante. Aquí el paso de la última esclusa del viaje, la de Valdaro, que ya tiene al menos 4 metros de desnivel:
Por cierto, se me olvidó decir que en Italia no se paga nada por el paso de los canales y las esclusas, a diferencia de Francia, que hay que sacar un permiso y te lo cobran.
Como curiosidad, deciros que el Navionics tiene en esta zona errores de bulto, y es más fiable el Google Maps. Fijaos, en la llegada a Mantova nos ha hecho pasar dos veces sobre el suelo firme, obviamente por no tener bien recogida la cartografía:
La entrada a Mantova es preciosa, a través de un ensanchamiento del Río Mincio, que forma una laguna que es Reserva Natural, llena de aves y, desgraciadamente para nosotros los navegantes, también de algas y de nenúfares, que para los demás serán preciosos:
Finalmente se accede a los 3 lagos que rodean Mantova por un canal estrecho, que hace unos años era una esclusa y aún mantiene sus norays y las ranuras para las compuertas:
Los próximos días os contaré cómo es Mantova y las ciudades que visítenos hasta que venga José Luis con el camión.
Me despido con una imagen crepuscular del Corto Maltés sobre la línea del cielo de Mantova.