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jueves, noviembre 05, 2026

Por culpa del vino y la cerveza.

Hola navegantes. 

Contra lo que pueda parecer, no voy a hablaros de los riesgos del alcoholismo en la náutica, sino de dónde almacenar las botellas de vino y de cerveza para que estén frescas. 

Un navegante realizaba un crucero por los fiordos de Noruega y decidió entrar a dormir hasta el fondo de uno de ellos. La meteorología era muy apacible, con calma total de viento, y sin olas. Se las prometían muy felices durmiendo en el interior de ese sudario de hielo, sobre un espejo de agua protegido de la intemperie. El capitán sabía que en Noruega los detalles de las cartas pueden estar desplazados hasta 150 metros de su situación real, y por eso iba buscando un escollo que estaba marcado con una percha metálica vertical, para usarlo como marcación de referencia. Entró al fiordo navegando a la máxima velocidad que daba su motor, unos 8 nudos.

En el interior del fiordo le pareció ver un kayak, y al acercarse chocó violentamente con un fondo rocoso. Después del golpe se dio cuenta de que lo que había interpretado como un kayak era en realidad la percha metálica que marcaba el escollo, que estaba doblada hasta la horizontal. El barco no pasó sobre el escollo, sino que se frenó de golpe de ocho a cero nudos. Con el impacto se hizo una grieta de unos 20 centímetros de largo y 1,5 de ancho, en la unión entre la quilla y el casco, que generó una vía de agua que empezó a inundar el barco. 

En ese barco llevaban todas las botellas de vino y de cerveza almacenadas en la sentina, para que estuvieran fresquitas. El resultado fue que en el golpe todas se rompieron, y la sentina era un revoltijo de cristales rotos en la que era muy peligroso trabajar. Meter las manos en una sentina inundada y llena de cristales podría saldarse con la amputación de un dedo. El capitán luego reconoció que si no hubiera sido por los cristales habría podido colmatar la grieta desde dentro. 

La única solución que se le ocurrió en aquel sitio desierto fue intentar varar el barco en la orilla para que no se hundiera. Pero la orilla eran playas de piedra rodeadas de escollos, y en su intento de acercarse fue chocando con más escollos empeorando el problema y doblando el timón.

Tuvo de la suerte de que pasó por allí un barco de pesca que se acercó al verle en apuros, y otra vez la suerte de que el citado pesquero llevaba a bordo una motobomba de gran débito. El puerto más cercano estaba a sesenta millas. El pesquero le prestó la motobomba, la transbordaron al velero con el compromiso de devolvérsela al llegar, y con ella en funcionamiento pudo hacer las sesenta millas que le separaban del puerto, donde sacó el barco con el travelift. Si no hubiera sido por ese buen samaritano se habrían hundido en el fiordo.

Mi consejo: cuando entréis en una bahía desconocida, y más sabiendo el posible error en las cartas, no lo hagáis a la velocidad máxima del barco (¡este lo hizo a 8 nudos!). Yo no bebo alcohol, y nunca llevo botellas de cristal ni para el agua. Pero los que sí lo hacéis pensad mucho dónde guardáis las botellas, y tened en cuenta la posibilidad de que se rompan en un choque, añadiendo problemas irresolubles a la ya difícil situación. Y por supuesto en el barco es mejor llevar latas o tetrabricks que botellas de cristal.

 Con cuidado, navegantes.

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