Unos navegantes franceses que recorrían Ibiza en un Dufour 365, de diez metros de eslora, conocieron en Cala d'Hort a un personaje peculiar. Era un hippie casi anciano que había recorrido el mundo en una mezcla de consumo de drogas, consumo de filosofías orientales, ligue de mujeres, chamanismo, etc., y que afirmaba haber vivido durante algunos meses en una cueva en Colombia.
Los navegantes le consideraron una persona bien educada, aunque para darse idea de su estado mental él afirmaba haber visto salir una serpiente de la boca de una mujer con la que estaba haciendo el amor, haber visto miles de arañas tejer una telaraña sobre su pecho, y haber cenado a la luz de las velas con una mujer muerta. Había vivido nueve meses como un faquir en una playa en Venice Beach, y afirmaba haber sido director de arte en Hollywood, escenógrafo, y haber impartido multitud de conferencias sobre sus temas predilectos.
Este curioso individuo les contó que estaba recuperándose de un fracaso amoroso, y que quería aislarse una temporada en el islote de Es Vedra, al Oeste de Ibiza, para vivir allí en una cueva. Es un islote rocoso y deshabitado, una roca vertical que se eleva a cuatrocientos metros sobre el nivel del mar, y que está declarada como espacio natural desde 2002 y en la que está prohibido desembarcar. Está rodeada de mitos y de fenómenos magnéticos que alteran el compás. La isla no dispone de ninguna fuente de agua, y de hecho muchos de los animales que viven en ella terminan pasando una sed atroz o muriendo de sed. El iluminado les pidió que le desembarcaran en el islote con el velero, porque no tenía medios de acceder.
Los franceses, haciendo gala de una imprudencia temeraria (yo no me creería esta historia si no hubiera visto las fotos en Voiles et Voiliers) a la mañana siguiente recogieron al hippie con su equipaje, sus pertenencias y sus amuletos, se acercaron al islote, y le desembarcaron remando en el anexo. Como para tranquilizar su conciencia cuentan que le dejaron dos mecheros para encender fuego, y algunos bolígrafos para escribir. Le dejaron allí sentado en una piedra cantando una canción de amor como despedida, y se alejaron para seguir su viaje. Alucinante. Por mucho que he buscado no he conseguido saber el desenlace de la historia, o sea, qué pasó con el hippie.
Mi consejo: desde luego no se os ocurra nunca hacer un dislate parecido, menuda responsabilidad si al hippie le pasa algo en el islote. Y preparaos para hacer frente a la multa de haber desembarcado en un sitio prohibido.
Con cuidado, navegantes.
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