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miércoles, 2 de septiembre de 2026

La manta de supervivencia como reflector radar.

Hola navegantes. 

En 2019 un navegante francés de sesenta y ocho años, con una experiencia infinita en su estela (200.000 millas en 35 años) estaba dando una vuelta al mundo en solitario por los tres cabos en un velero de aluminio de 14 metros. Había empleado dos años en prepararlo, y la lista de los equipamientos que le había añadido o mejorado era interminable. Entre otras había adquirido una balsa salvavidas de seis plazas (!) con todo su equipamiento, a pesar de que la vuelta al mundo iba a ser en solitario.

Cuando se encontraba en la latitud de los cincuenta rugientes, al Este de Nueva Zelanda, le alcanzó una tormenta con rachas de viento de 60 nudos y olas de 10 a 12 metros, que afrontó con el velero a palo seco. A pesar de eso una ola rompiente le volteó y estuvo cinco minutos con la quilla al aire. Otra ola terminó enderezándole, y comprobó que había desarbolado, y todos los daños que la ola había producido tanto en el exterior como en el interior del barco. 

Como el barco tenía una vía de agua y veía que se iba a hundir decidió saltar a la balsa salvavidas. La lista de cosas que transbordó a la balsa es impresionante, y da idea de la concepción de vida que tienen los franceses. Porque incluyó, aparte del material de seguridad, tres libros, platos precocinados, aceite de oliva, una botella de vino y una de ron, y dos cojines. Sin embargo, y como cosa sorprendente, no llevaba reloj, con lo cual los periodos de quince minutos en que tenía que dejar la baliza encendida cada una o dos horas tenía que calcularlos contando, y tampoco sabía, porque el cielo estaba todo nublado, la hora del día en que se encontraba ni podía calcular lo que faltaba para que llegara su rescate.

El servicio de Salvamento Marítimo de Nueva Zelanda se lució, porque antes de 24 horas le sobrevoló un avión de salvamento, y encima con el detalle de llevar a bordo un militar que hablaba francés para entenderse mejor con el náufrago. Le informaron de que habían desviado la ruta de un petrolero para ir a recogerle, como así ocurrió. 

Cuando el petrolero, de 186 metros de eslora, se encontraba cerca no conseguía verlo por culpa de la niebla. Escuchaba su sirena y podía hablar con el capitán por la radio, pero el capitán por supuesto tampoco veía la balsa. La niebla era tan espesa que ni siquiera vería las bengalas. Entonces se le ocurrió la idea genial. Cubrió el techo de la balsa con la manta de supervivencia, que tiene un componente metálico, y el capitán del petrolero le confirmó que había empezado a verle en el radar y que se dirigía hacia él.

Con grandes dificultades consiguieron embarcarle en el petrolero salvando su vida, y llegar a Punta Arenas, en Chile, desde donde volvió a Francia en plena pandemia. El barco no lo tenía asegurado, porque ninguna compañía había querido hacerse cargo, con lo cual en el naufragio perdió tanto su barco como su vivienda, y prácticamente todo su patrimonio. 

Mi consejo: no se os ocurra navegar sin reloj. En este caso el náufrago no tenía manera de calcular cuánto faltaba para que el petrolero llegara a su altura, ni la hora del día en que se encontraba. Aparte de llevar a bordo todo el material de seguridad obligatorio y voluntario, que no voy a detallar, de esta experiencia quiero destacar la idea de utilizar la manta de supervivencia como reflector radar, extendiéndola encima de la balsa salvavidas. Creo que a mí no se me habría ocurrido, y su eficacia quedó demostrada.

 Con cuidado, navegantes.

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