Aquí va otra anécdota desgraciada para aprender de los problemas de los demás. Un navegante vio que una paloma se posaba en su barco en altamar. Es algo relativamente frecuente y a mí me ha pasado muchas veces: un pájaro de tierra (normalmente una paloma o un gorrión) que se ha alejado mucho de la costa, por iniciativa propia o arrastrado por el viento, se encuentra agotado en alta mar y no tiene donde posarse. Cuando ve un velero se dirige a él, se posa durante unas horas o unos días, y termina marchándose. Normalmente los navegantes les acogen bien en su barco porque les distrae de la monotonía de la navegación, y hasta les dan agua dulce o comida.
En este caso el pájaro estuvo unas horas a bordo y desapareció. El día siguiente el navegante vio algo en el horizonte, y sin dejar de mirar al horizonte para no perderlo de vista, cogió los prismáticos que llevaba habitualmente colgados en la bitácora. Al llevárselos a los ojos notó un dolor intenso y que se quedaba ciego. Lo que había pasado es que el pájaro había dejado sus deposiciones en los oculares de los prismáticos, y el navegante se había metido esa caca pegajosa en los ojos. Se encontró ciego y con un dolor horrible, teniendo que buscar al tacto alguno de los bidones que llevaba de agua. De cualquier manera se vació los veinticinco litros del primero que encontró encima de la cara, aclarándose los ojos. Al cabo de unos minutos paró el dolor y recuperó la vista, pero el susto fue de los que no se olvidan.
Mi consejo: no dejar posarse pájaros a bordo. No dejarse llevar por la ternura o la simpatía por estos animales, que sin llegar a producir un caso tan dramático como el que he contado te dejan sucia la cubierta, y luego te toca limpiar las caquitas. Y por supuesto mirar bien cualquier cosa que te lleves a los ojos.
Con cuidado, navegantes.
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