Hola navegantes.
Releyendo el libro clásico de Jean-Yves Le Toumelin "Kurun autour du monde", en el que cuenta su vuelta al mundo en un velero de 10 metros entre 1949 y 1952, me he encontrado con esta anécdota curiosa.
Al salir de Ciudad del Cabo después de cruzar el Cabo de Buena Esperanza, se encontró que llevaba a bordo una rana. En etapas anteriores había llevado de polizón un lagarto, pero éste tiene mucha utilidad a bordo porque se come las cucarachas y no pide nada más. No se muere de hambre y te hace un buen servicio. De hecho los marinos antiguos intentaban capturar un lagarto al pasar por las Galápagos para que les hiciera ese trabajito. El lagarto pasa desapercibido porque vive en los rincones más estrechos del barco, y sólo comprendes de qué vive cuando las cucarachas van desapareciendo y, si llegas a divisarle, le ves cada día más gordo.
Pero una rana era un problema. Tendría que alimentarla con productos verdes, pero los que tenía le durarían sólo una semana y el viaje previsto, hasta Santa Helena, era mucho más largo. La rana es un animal anfibio pero de agua dulce, en agua salada no sobreviviría. No sería capaz de nadar hasta la costa (decenas de millas). Pensó hacerle una pequeña balsa y que las corrientes la llevaran a la orilla, pero allí las olas del oeste rompen con furia y se estrellaría contra las rocas. Así que decidió conservarla. En recuerdo de su anterior lagarto, que se llamaba Joseph, la bautizo "Josephine". Desgraciadamente, poco después de acabar con los alimentos verdes la rana desapareció, y no volvió a saber de ella.
En nuestros viajes en el Corto Maltés por suerte nunca hemos tenido cucarachas, lagartos, ratas ni otros indeseables. Pero en los canales, que solíamos dormir debajo de arboledas enormes (hasta que las talaron) a veces hemos tenido a bordo animalillos terráqueos que se descuelgan de los árboles sobre la cubierta. Muchas veces han sido caracoles, mantis, arañas, otros insectos, una vez una culebra, y al menos en dos ocasiones, que yo recuerde, una rana.
Las dos veces la encontramos en el interior de la camareta, no en la cubierta, y allí la sorpresa fue aún mayor. ¡Una rana dentro del barco!. Supongo que eran ranas arbóreas que habían llegado al barco desde arriba, porque no me imagino a una rana saliendo del agua y trepando por el casco a ver lo que se cuece dentro del barco. Aunque es cierto que muchas veces nos hemos quedado en amarraderos con el agua llena de ranas, que nos amenizaban la noche con su croar. Lo que sé seguro es que las que nos visitaron no eran la rana de San Antonio, la más típica de las ranas arbóreas, con una aspecto característico y un color verde brillante también muy típico, que conocemos bien.
Encontrar una rana a bordo es un hallazgo simpático y sin trascendencia en los canales, porque el agua es dulce y puedes devolverla a su lugar de vida. Pero te hace pensar cuánto tiempo llevará embarcada, si la habrás alejado mucho de su hábitat original y de su "familia", si será capaz de encontrar su "casa", y otras lindezas. Nosotros, sin tantos miramientos como Le Toumelin, las tiramos enseguida al agua.


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