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martes, 5 de julio de 2022

Habitación del viejo marinero

 Hola navegantes.

Hoy cedo este espacio a mi compañero de travesía desde La Coruña a Santander, Miguel Cabero. Ha escrito un relato tierno y sincero, donde mezcla sus recuerdos de infancia de las costas que atravesamos  (es asturiano y ha vivido muchos años en Galicia y Santander) con las experiencias actuales de nuestra travesía, y seguro que os gustará. Vais a alucinar de que se pueda escribir algo tan bonito de diez días pasados en un barco. Podéis visitar además su  blog, muy bien escrito y con historias siempre interesantes, que os van a encantar: Clic aquí.

Este es su relato:

Habitación del viejo marinero

Con la Habitación del viejo marinero, ese retrato sin personaje del pintor Urbano Lugrís como marco sentimental, trataré de resumir la travesía entre Coruña y Santander vivida en las dos últimas semanas. Un viaje donde se citan lo real e imaginario; la experiencia de navegar entre encalmadas y turbonadas con el privilegio de compartir las estancias del alma con su capitán, en el interior del reducido espacio de un velero de seis metros, el Corto Maltés. Mecidos por las olas o inquietos por los tirones de las amarras de madrugada; hastiados por la ausencia de viento o nerviosos por su intensidad en ocasiones, avanzamos milla a milla hacia destino, absortos en la contemplación de una costa fascinante y peligrosa: toda la belleza que el mar ofrece lo hace siempre desde el peligro y respeto debidos. Por eso se hace tan valiosa a bordo la presencia de un hombre templado, riguroso y precavido como Álvaro,  armador de este velerito —que el diminutivo no constituya un demérito, sino todo lo contrario—.

Deseo ver en los cuadros de Lugrís la peripecia vital de este hombre al final de sus días, cuando ensimismado en esa estancia que hoy se afana en construir, rememore la peripecia de su vida marinera y se recree en cada una de las travesías que ha llevado a cabo, hasta llegar a ese puerto que todos hemos de compartir sin duda. Y así, con suerte, tal vez me tenga entre sus recuerdos: Aquellos en que sorteamos con paciencia y tesón los cabos Prioriño, Ortegal, Estaca de Bares y Peñas antes de enfilar la canal de la hermosa bahía de Santander para amarrarnos a su atraque en Puerto Chico, dejando Ajo por la amura de babor un hermoso día de principio de verano.

Recordará el sentimiento de contrariedad que supuso la renuncia a navegar la primera jornada: un temporal de olas y viento desaconsejaba la partida, además de convertir en peligrosa la arribada al puerto de Cedeira en bajamar, con olas de cuatro a seis metros. Entre ráfagas de viento y lluvia pertinaz recorrimos Coruña bajo los paraguas doblados. Mostramos nuestros respetos a ese hermoso —y todavía práctico— faro, la Torre de Hércules, que los romanos dieron en situar en este confín de aquel mundo. Solo quien tiene ocasión de contemplarlo más tarde desde el mar en toda su magnificencia puede valorarlo en su justa medida. La parada obligada sirvió para comparar, amarrados en el mismo puerto, las grandes esloras de veleros en tránsito con la abigarrada presencia de un pequeño barco de bandera ucrania. En su paupérrimo espacio convivía un joven matrimonio y sus tres hijos pequeños con la suegra de uno de ellos, refugiada del conflicto y acogida por estos: la guerra en su país los sorprendió en la ciudad. Paradojas de la vida, desde la plaza de María Pita —heroína de la lucha contra las tropas de Francis Drake: «quen teña honra, que me siga»—, hoy sede del consistorio coruñés, suena cada mañana el Himno a la Alegría desde su carillón. Parece que quisiera señalar con la música la barbarie de ambos contendientes.


Me siento torpe al acceder a la camareta de popa que se me asigna a bordo. La falta de práctica y la distribución limitada del espacio, hacen que me retuerza buscando la precisa adaptación que solo lograré un par de días después, cuando, tras sortear los cabos más septentrionales de España, alcancemos el Portiño de Morás. Es este un lugar curioso, donde se dan cita lo hermoso y lo espantoso. Una enorme bahía artificial abrazada por dos largos espigones da abrigo a los barcos que surten de materia prima la factoría de Alcoa, en San Cibrao. Polémica en los últimos tiempos, aún pende sobre sus operarios la decisión de los propietarios de cerrar la planta productora de aluminio en un par de años. La fábrica sería pues, el espanto. Aunque siempre en función del cristal con que se mire, ya que constituye la principal fuente de ingresos de la comarca: casi dos mil trabajadores —y todos los servicios de la zona— dependen directa o indirectamente de ella. La hermosura, en cambio, la conforma un paisaje de apacibles praderías que caen al mar desde los acantilados; resbalan con dulzura hasta él para dar en tranquilas playas, ensenadas cubiertas de vegetación, marismas y prados. Sembrados en amplias zonas con cientos de piezas de hormigón fallidas, destinadas en su día a las escolleras. Junto a una antigua factoría ballenera, hoy destruída, se sitúan los pantalanes donde descansaremos mecidos como niños. Hemos dejado atrás el balanceo del barco, los tirones de las amarras en las cornamusas, la lluvia intensa sobre cubierta, la humedad y el frío; la larga empopada navegando en orejas de burro bajo el aguacero, los acantilados precipitándose al vacío como hojas de sierra; el vapor salado ascendiendo en voluptuosas nubes desde el mar como debió hacerlo en los días de la Tierra primigenia: minúsculas criaturas emergieron entonces de los fondos marinos a su conquista. A duras penas consigo dominar el mareo que se instala en el estómago cuando accedo a la cabina en busca de comida o ropa. El tiempo y el viento en la cara lograrán apaciguar esa desagradable sensación: «no hay experto en mares turbulentos, quien afirme lo contrario se engaña a sí mismo», he escuchado decir a experimentados navegantes en más de una ocasión. El amanecer en el Portiño se muestra esplendoroso, despejado, abierto a la aventura. El corazón se llena con la certeza de estar vivo, sujeto a cierto tipo de azar que predispone a lo incierto, al abandono de la rutina; lo desata del tedio de lo previsible. De buena mañana, un paseo por los senderos entre las colosales estructuras de hormigón abandonadas, escuchando el canto de los mirlos madrugadores, respirando el aroma de una higuera próxima de la que penden como extraños frutos aros salvavidas (!), le reconcilia a uno con el espíritu del viaje. Se siente, por un instante, un Odiseo de andar por casa que recrease las escenas ligadas al nombre escrito en cada uno esos aros. No solo el cuerpo viaja, también la imaginación ha de hacerlo.

Altibajos en la intensidad del viento. Maniobra de aproximación a Ribadeo. Jugamos con la instrumentación, las cartas, la marea, la profundidad igual que de niños hacíamos las cosas: por pura diversión. Contemplo el puente de los Santos. Es la primera vez que paso bajo su ojo. Pienso en el número de ocasiones en que lo habré hecho sobre él —enamorado, exultante, deprimido; como hijo, hermano, padre; con urgencia o tedio por llegar a uno u otro extremo—. De alguna manera, esta travesía viene a cerrar un ciclo que comenzó hace treinta años: Santander-Vigo-Santander, ciudad en la que trabajé entonces y a la que ahora regreso en otro contexto. ¿He amado? ¿Me han amado? ¿He sido generoso, cruel, aburrido, simpático? ¿Me he convertido en mejor persona? Cuesta saberlo.

En las bellas calles del pueblo, frente a una modesta casa hoy en venta, una pequeña chapa en el suelo recuerda: “Aquí viviu Fernando Bellón Fernández. Nado 1905. Executado 29.12.1936 Lugo” La ignominia nos sorprende cuando menos lo esperamos.

Como  en la travesía de la vida el viento no acompaña en ocasiones, al menos de modo favorable. Son momentos que aprovechamos para la confidencia, los temas que conmueven el espíritu humano desde que comenzó a surcar los mares. Se habla de hijos, padres, hermanos y nietos. La familia, en definitiva. Igual que debieron hacerlo romanos, fenicios, vikingos, franceses o británicos al navegar estas costas; la inquietud viene siempre de la mano de las personas que amamos, esas de las que paradójicamente “necesitamos” despegarnos al hacernos a la mar para echarlas de menos una vez en ella. Es la contradicción recurrente del marino. Lo cierto es que a bordo se establece una suerte de complicidad que sorprendería en cualquier otra circunstancia; uno no sabe por qué acaba compartiendo con una persona a la que no une amistad estrecha, emociones o secretos del corazón que no ofrecería en otro caso. Bienvenidas, pues, las encalmadas.

Resulta insólito recorrer los paisajes de la vida de uno, verlos desde la costa, con distancia, sumando a los años transcurridos las millas hasta alcanzar aquellos lugares donde vivió cosas trascendentes para él: el camping de Taurán (Luarca) y el enfado monumental de su novia de entonces; los ríos Eo, Nalón, Navia o Sella de sus gestas deportivas; los puertos de Cudillero, Candás, Ribadesella o Avilés… vida nocturna, bohemia, plagada de expectativas y búsqueda del amor que, a menudo, se mostraba esquivo. Lo que no ha cambiado desde entonces es el cielo de acero del principio de verano, el recuerdo de elaborar permanentes planes de fuga en busca de sol y relaciones de fortuna.

Comparo la juventud de este momento con aquella otra, la nuestra, que asomaba a la vida desde un mundo bronco, áspero, aunque cargado también de ilusión y esperanza. En esta ocasión nos recibirá en Coruña una prueba del Campeonato del Mundo de Triatlón. En sus bares escucharé a chavales con la primera barba hablar de las pruebas a que acudirán en Hawai, San Francisco o Berlín como quién menciona el barrio de al lado. En la estación de autobús de Llanes desembarcan chicos procedentes de media Europa cargados con pesadas mochilas: se dirigen a las montañas o playas del entorno. En el arenal de Oyambre nos asegura Jacobo, seguidor de la estela del Corto en las redes y marinero entusiasta, que algunas familias se desplazan cada fin de semana desde Madrid para que sus hijos practiquen surf. Dos chicas se despiden en el andén de la estación de Oviedo con un beso jugoso y prolongado en la boca, cargado de amor, tristeza y… naturalidad. Echo la vista atrás, me inunda la melancolía y asimilo el paso del tiempo sin contrariedad: todo cambia.

La espléndida mañana que abandonamos San Vicente de la Barquera dos monjas se disponían a saltar a una barca desde el muelle. Debían atravesar un cenagal y esperaban, caña en ristre, a que el botero se acercase cuanto pudiese. Un niño aguardaba a su abuelo con igual motivo y las miraba sorprendido. Rodeado de aparejos, provisiones y gasoil despertó en mí cierta envidia: asistiría al final de esa escena singular, alguna monja acabaría sentada en el barro o con el hábito arremangado en el embarque. La educación pudo más que la malicia y me fui. Una vez en mar abierto el cansino sonido del motor traquetea a popa, nos brinda la ocasión de contemplar una majestuosa vista de los Picos de Europa con algunos neveros todavía en las cumbres. Desde la altura sus grises piedras se suceden en bosques, valles y praderas hasta alcanzar el borde del mar. Sobre los humedales y esteros se alza imponente la silueta del pueblo medieval: la Torre del Preboste (recaudador de impuestos), el castillo de San Vicente o la Iglesia de Santa María de los Ángeles, espléndido balcón sobre la laguna donde el realizador Emilio Martínez Lázaro (Ocho apellidos vascos) rodaba en ese momento una película. Vista desde el mar no se hace difícil imaginar la villa ocho siglos antes,… de no ser por las docenas de urbanizaciones que hoy la rodean en favor de la pujante industria turística. Ya de noche, de camino al barco, me toparé con una máquina expendedora de leche. Me parece extraño, aunque resulte de lo más natural en la Comunidad de Cantabria. En la plaza del ayuntamiento de Luarca, a uno y otro extremo de esta, se enfrentan las esculturas del Premio Nobel Severo Ochoa y su discípula y paisana Margarita Salas, ilustre bioquímica e investigadora, fallecida a causa del Covid en 2019. Resulta sorprendente que un pueblo tan pequeño atesore tanto talento. En la playa de la Griega (Lastres) visitamos las huellas de dinosaurio que permanecen desde hace millones de años fosilizadas entre sus rocas. Son pequeñas anécdotas que hacen de cada etapa una travesía singular.

Una vez en Santander la calurosa acogida de Álvaro y Ana, su mujer, en la casa de ambos, pondrá el broche de oro a una navegación que se inició con tiempo endiablado y finalizó del mismo modo. Provoca cierto extrañamiento ocupar el cuarto de uno de sus hijos, tal como lo dejó cuando abandonó el hogar familiar y comenzó a vivir su vida lejos de casa. Los posters, libros, fotografías; la cama, el escritorio, los muebles juveniles me evocan otra habitación en otro hogar distante, desaparecido para siempre.

A reseñar, la visita al Centro Botín una mañana de sirimiri: el acero y cristal de la bellísima obra del arquitecto Renzo Piano se funden con la bahía. Sumido en la bruma de un paisaje fantasmal, su liviana silueta ovalada y transparente, consigue que dialoguen el verdor primaveral de los Jardines de Pereda con el gris plomizo del mar. En el exterior, cuatro fontanas esculpidas en bronce semejan pedreros costeros, son obra de la escultora Cristina Iglesias; en el interior, dibujos del que fuera su pareja y brillante escultor, Juan Muñoz, fallecido en la cumbre del éxito. Aportan pistas de una obra inacabada y rica que hubiera alcanzado cotas mucho más altas de no haber recibido la visita prematura de la parca. En particular, los bocetos para la ilustración de El corazón de las tinieblas, un personal enfoque de la obra homónima de Joseph Conrad.

A modo de despedida, una manifestación ante la sede del Gobierno Civil de Cantabria corea “OTAN no, bases fuera”, en referencia a la Cumbre de ese organismo en Madrid. En algunos aspectos parece que el tiempo se haya detenido.

 

1 comentario:

  1. Un placer leer este maravilloso relato de Miguel, el cual escribe tambien de maravilla y me ha hecho recordar ciertas experiencias del viaje de ida.
    Un abrazo.

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