Pero nos decidimos y no erramos el tiro. Aquí la aproximación a la isla:
Estuvimos estudiando el anidamiento de la gaviota patiamarilla. Conviene desembarcar con gorra, porque los adultos protegen a sus crías haciendo vuelos rasantes y defecándote encima. Los nidos los construyen con todo tipo de materiales, y los hacen en el mismo suelo, ya que en esa isla no tienen depredadores. Cada pareja pone tres huevos del tamaño de los de gallina, pero de color marrón moteado. Desembarcamos en varios viajes. Una vez en la isla cada grupo que ha venido en un barco queda a cargo del adulto que ha navegado con ellos. Mouro tiene unos acantilados y grietas peligrosos, y hay que vigilar mucho los movimientos de los niños. Entonces nos dedicamos a la exploración de los nidos y los polluelos. Les enseñamos las patas palmeadas, el pico que no hace daño si te coge un dedo, las cañas de las alas y las plumas, el latido de su corazón a toda velocidad, la temperatura cálida a la que los mantiene la madre aunque ese día haga frío, etc.
Los polluelos alcanzan el tamaño de una gallina pequeña y son un poco guarretes, pues cuando les coges (a veces tras una divertida persecución, porque como todavía no saben volar sólo corren por el suelo) se cagan encima o te regurgitan lo último que han comido, por eso a los niños les ponemos guantes. Las regurgitaciones sirven para ver de qué se alimentan, pues suelen echar trocitos de pescado. Dimos una vuelta en torno al faro, ya cerrado pues es automático, y vimos las espectaculares vistas desde lo alto, con nuestros barquitos al fondo. El faro se inauguró en 1858 y estaba al cuidado de dos torreros, ahora está automatizado desde hace años; es de color blanco y su silueta domina el horizonte desde toda la fachada Nordeste de la ciudad y las playas del Sardinero. Recorrimos la meseta que hay en la cumbre de la isla, cubierta con un espeso manto vegetal de hinojos y geranios marinos que crecen entre las grietas de la roca. De este manto vegetal cogen las gaviotas la materia prima para sus nidos.
Luego nos fuimnos a fondear a Los Peligros para merendar y bañarnos.
Con tantas emociones se nos hizo tarde y volvimos a puerto a motor, aprovechando para repasar los nudos que aprendimos la semana pasada bajo la lluvia.
Una tarde perfecta.
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