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lunes, 16 de junio de 2014

Cada 6 horas.


Ayer vinimos al puertito fluvial de Le Teich. Como íbamos a salir por la tarde, por la mañana hicimos una excursión en bici a la Duna de Pilatos. A la vuelta reparamos que en el suelo de una plaza de Arcachon hay moldes con los pies derechos de sus navegantes famosos (como en Hollywood las manos de los actores). Así comprobamos que Eric Tabarly, el mejor navegante francés (aunque murió ahogado por no ponerse el chaleco y el arnés, que él consideraba “de señoritas”) tenía los dedos en gatillo. Fijaos que le falta el meñique:



Como os decía, salimos para Le Teich por la tarde para aprovechar la pleamar. Es un puerto situado cauce arriba de un río de los que desemboca en la bahía de Arcachon, sólo navegable en pleamar. Tuvimos un fuerte viento de fuerza 5 por la popa, que nos hizo correr más de lo que queríamos. En efecto, sólo con el Génova (más la corriente de marea) hacíamos 5-6 nudos. El problema es que el rumbo transcurría entre cultivos de ostras y había que identificar más de 30 boyas una a una para llegar a destino. Nosotros teníamos que llegar hasta la K15 y luego hasta la J5. A ese velocidad uno tenía que llevar el timón (menos mal que estaba Ana) y otro irlas identificando con los prismáticos, decirle el rumbo necesario, e irlas anotando para comprobar que no te habías saltado ninguna (un atajo en este campo minado de cultivos de ostras sería fatal). La mayoría son boyas cardinales, pero también rojas y verdes de babor-estribor, y a veces simples palos clavados en el fondo. Ni hablar de pretender tomar las posiciones de GPS en el cuaderno de bitácora: no daba tiempo. Sólo apuntar el número de boya que dejabas por babor o por estribor y a buscar la siguiente.

Al llegar a la J5 llamamos por teléfono al responsable de la Asociación Le Teich que nos iba a esperar en el pantalán, para pedirles instrucciones pues según la cartografía ya no había más boyas. Nos dijo que no nos podía ayudar, que teníamos que encontrar la entrada al río nosotros. Si hubiera salido algún barco habría sido fácil, pero por allí no navegaba nadie y tuvimos que arriesgarnos buscando con los prismáticos, y acertamos. Una vez dentro del río la cosa era más fácil, pues está balizado con las verdes y rojas sin dificultad, salvo que en algunos recodos las boyas estaban tan cerca de la orilla que parecía imposible que hubiera que pasar por allí. Pero ante la duda, en un sitio que desconoces, yo recomiendo fiarse del balizamiento por absurdo que parezca.

El río es un mosaico de vegetación de rivera, juncos y similares, y bancos de arena. Como seguía viniéndonos el viento por la popa pudimos remontarle entero a vela, y ha sido una de las experiencias más placenteras del viaje.

Por el camino nos cruzamos con otro velero que salía, y aunque no es el nuestro os lo enseño para que veáis la imagen que debíamos dar nosotros, además navegando a vela, no como ellos que iban a motor:


Al llegar a puerto nos estaba esperando Michel Graziani, para recibirnos y explicarnos todo lo relativo a su puerto. No deben recibir muchas visitas, pues a todo el que se cruzaba le decía que tenían visitantes de España, nos presentaba y cruzábamos unas palabras. Nos dijo que estuviéramos todos los días que quisiéramos, que por ahora la plaza estaba vacía, y al final tampoco nos cobró. Se agradece tan buena acogida cuando estás lejos de casa, gracias Michel.

Le Teich es un puertito precioso, y aquí la diferencia entre el gran paraíso y el pequeño infiernito se produce cada 6 horas, con la marea. Ya estamos en la zona de la bahía de Arcachon que se seca y el puerto pasa de ser esto:



a esto:

Ahora hay una rutinas nuevas a bordo. Antes de la bajamar hay que quitar el motor y cerrar la llave de paso del desagüe de la cocina para que no se obstruyan de barro. Ahora nuestra bañera está más encombrada, pero hemos aprovechado para engrasar bien el motor:


Por lo menos el barro no huele mal ni hay mosquitos, como nos temíamos. Y dormir se duerme fenomenal, porque como no hay olas y el barro es blandito, cuando el barco queda apoyado en el fondo no da golpes en el suelo y ni te enteras. Además no hay que poner los puntales porque él solo se hace una cuna en el barro. Eso sí, es peligroso bajarse al barrizal, es como las arenas movedizas. Las guías advierten: “Evitar absolutamente tirarse al agua para intentar mover su barco si encalla,  riesgo de ser engullido”. Un piragüista se bajó antes de llegar a la rampa y el cieno le engulló hasta el tórax. Menos mal que se agarró a la popa de la piragua y tirando desde la proa consiguieron sacarle:

Después de una noche tranquilísima, aprovechamos el día siguiente para conocer la reserva ornitológica. Se hace por unas pistas que permiten circular en bici y que discurren entre los remansos del delta del río. Hemos visto unas cigüeñas enormes:

cisnes, ánades, garzas, y multitud de otros pajaritos que no sabemos ni nombrar. También el puerto es su dominio, y hay unos pequeñitos (más pequeños que los gorriones) que campan a sus anchas entre los barcos:

Los caminos de la reserva están pavimentados, como siempre, con conchas de ostras:


 Pero también hay otros que son intransitables, por lo menos con las bicis que tenemos. Por ejemplo esta, que bautizamos “ahítejodas”, que tiene los árboles en mitad de la senda y con unos socavones entre las raíces de los árboles donde se metían las ruedas. Tuvimos que deshacer el camino andado porque no éramos capaces de seguir:


En el puerto hemos conocido a una familia de navegantes que recorren habitualmente la costa del Cantábrico en verano y que en julio van a ir a Santander, y a los que esperamos ayudar en su estancia como ellos han hecho con nosotros. Tienen un Feeling de 10 metros y medio y son los únicos de este puerto (en el que hay 180 barcos) que salen de la bahía de Arcachon a navegar. Es de orza abatible, como la mayoría de los que navegan por esta bahía.

Y si alguno se queja si algo no está bien en El Sardinero, fijaos aquí a lo que llaman “playa”:



Es un socavón con arena artificial y que se llena con el agua marrón del río por una compuerta. Pero los niños se bañan encantados. Y si alguien cree que sólo hacemos chapuzas en España, reparad en este cobertizo:



El día siguiente madrugamos para ir a Biganos. Es otro puerto fluvial, el que se adentra más en la tierra (unas 3 millas río arriba). Madrugamos a las 6 h. para aprovechar la pleamar de la mañana. Igual que para llegar a Le Teich, desde la bahía tienes que encontrar tú mismo la entrada al río con los prismáticos. Esta vez nos costó menos porque salía un barco y orientó nuestra proa. Ya dentro del río, está bien balizado y no hay más que seguir las balizas y en los meandros arrimarse a la orilla exterior, donde la curva es más larga (allí siempre hay más fondo). A todo lo largo del río hay embarcaderos artesanales con los barcos amarrados a pilotes clavados al fondo:



Tras un recorrido precioso, esta vez a motor, llegamos al puerto de Biganos. Está dragado para que nunca se seque, pero el propio río sí se seca en bajamar, por lo que te quedas como en una poza desconectada del exterior hasta la siguiente marea. Nos quedamos en el pantalán de tránsito, que para una noche es gratuito. De Biganos sólo voy a contaros que sobrevaloramos las posibilidades de nuestras minibicis para explorar fuera de la carretera:


y que ha sido el lugar más bonito, el polvillo de oro de los recuerdos de este viaje.  Por eso con vuestro permiso esta vez no vamos a compartirlo, y lo guardamos para nosotros solos.