Lo que más despertaba nuestra curiosidad en Avignon era su puente. Nos sonaba de la canción infantil “Sur le Pont d’Avignon” pero en nuestra incultura no sabíamos nada de él, y menos que llevaba varios siglos roto, que sólo le quedaban cuatro de los veintidós arcos originales, y que no conducía a ninguna parte porque finaliza en mitad del río. Lo descubrimos con estupefacción al navegar junto a él al llegar a Avignon. Se lo hemos contado después a mucha gente y a todos les pasaba lo mismo.
Aunque la letra de la canción dice que se bailaba “sobre” el puente de Avignon (“sur le pont”), y en algunas fotos antiguas se ve a grupos de niños bailando en corro, la verdad es que es muy estrecho como para bailar encima y lo más probable es que la canción original dijera “bajo” el puente (“sous le pont”) y con el uso se desvirtuase el texto.
El 3 de septiembre llegó nuestro amigo José Luis con el camión. Antes de acostarnos quitamos del barco todo el peso innecesario, fundamentalmente vaciar los depósitos de agua y tirar todos los frigolines y muchos de los folletos turísticos que habíamos amontonado en esos tres meses largos de recorrer Francia, con lo que igual le aligeramos cien kilos. Y luego pasamos nuestra última noche a bordo en un colchón mojado, porque al vecino de pantalán se le había ido la manguera por nuestro tambucho de proa, con un maldito grillo que no paró de cantar en toda la noche en el muelle, y un poco nerviosos por lo deprisa que iba todo. Yo quería dormir, pero mi cerebro quería madurar todas las experiencias de esa vuelta a Francia y empezar a soñar con nuevas aventuras.
Ya solo quedaba arbolar, la limpieza general, un montón de bricolajes... e ir pensando en la próxima aventura.
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