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jueves, 12 de junio de 2014

La Isla de los Pájaros.


Ya sabeis que los marinos tenemos querencia por las islas. Nuestra primera excursión fue a la Isla de los Pájaros. Es la única isla que tiene la bahía, pero ¡vaya isla!. Se llama así por la cantidad de aves que allí anidan. El primer día de navegación lo dedicamos a contornearla para irnos familiarizando con la multitud de canales que discurren por esta bahía, entre los parques de cultivo de ostras. Al acabar el día comprobamos que el circuito había sido de 17 millas (¡!), mucho más de lo que hay entre Santander y Santoña, que para nosotros en el barco ya es un viaje. En esta bahía todo está sobredimensionado.

Los canales que discurren por sus aguas, actualmente (por lo menos los que hemos visto hasta ahora) están bien balizados con boyas cardinales, pero hasta hace poco eran meras estacas clavadas en el fondo, entre las que era fácil perderse. Y perderse significa o quedar varado, o meterte en un parque de ostras, que casi es peor, porque sus conchas están afiladas como cuchillos y son duras como la piedra, y lo más probable es que hagan un agujero en el casco. Además las corrientes de marea son impresionantes y te sacan de rumbo con facilidad. A la vuelta tardamos más de lo previsto por encontrarnos la marea de cara, y nos sorprendió una tormenta con aparato eléctrico, que estos días se están repitiendo en Arcachon más de lo que nos gustaría.

El segundo día lo dedicamos a desembarcar en la isla. Para ello hay que varar pues no tiene puertos o desembarcaderos. Nos acercamos al pié de las cabañas sobre pilotes que salen en todas las postales de Arcachon. Una de ellas es privada, suponemos que para un uso cercano a la pesca, y la otra es accesible. Varamos a unos 50 metros de ellas (aunque se puede llegar hasta apoyar el barco en sus pilotes) un poco por debajo de la línea de pleamar para mañana poder salir un poco antes (no tener que esperar hasta el final de la plea y así ganar alguna hora para reflotar):

El barco estuvo como media hora dando golpecitos con el fondo porque hacía bastante viento y levantaba una olita persistente. Luego vino la calma absoluta como ya comenté en otra entrada, y hace raro estar en un barco que no se mueve nada. Todo se desarrolló bien y nos fuimos a conocer el poblado. El primer tramo es muy difícil, pues no hay sendero y tienes que andar como 2 Km.  por una zona de pantanal (la que se inunda cuando sube la marea) con fondo de vasa y lleno de moluscos, como el páramo de Santander. Y ya sabéis cómo te hundes en ese terreno y cómo se te ponen los pies, y eso si no pierdes una chancla por el camino. También tiene unos estanques circulares, construidos con conchas de ostra, que todavía no sé para qué sirven y cuando me entere os lo contaré:

Luego se entra en la zona de la isla que siempre queda emergida, donde los senderos están marcados con conchas de ostras:



El poblado consiste en una aglomeración de cabañas, no más de 20, que no tienen luz ni agua, y en las que viven de forma permanente u ocasional algunas personas, unas dedicadas a la pesca y otras como vivienda de vacaciones. Las gestiona el ayuntamiento y cuando una queda vacía se arrienda por 10 años, y pese a la precariedad de vida en la isla, están muy solicitadas.


Cuando llegamos nosotros todo estaba desierto, todas las casas cerradas menos una (la de la siguiente foto) que obviamente tenía alguien dentro pues había zapatos fuera, la bombona de butano, las contraventanas abiertas, etc., y aunque estuvimos un rato por allí esperando a ver si salía y nos enrollábamos un rato, para que nos contase su vida en un sitio tan inhóspito, al final no salió.  


Creemos que sería el propietario del único barco que había en un regato (ya seco, aunque acababa de empezar a bajar la marea) que atraviesa el poblado. Por cierto, los desembarcaderos de este regato, ¿sabéis con qué está hechos?. Exacto, también con conchas de ostras:


(la ciudad del fondo es Arcachon).

Como iba a anochecer volvimos con cierta prisa y nos encontramos que el Corto Maltés se había quedado solo. Muchos barcos de Arcachon se acercan a estos parajes a pasar el día, pero vuelven a casa por la noche y nos quedamos Ana y yo solos en mitad de la nada, pero una nada preciosa:


Por cierto, un consejo para estos desembarcos: antes de que el mar se retire hay que coger un caldero de agua y dejarlo preparado en la bañera para la vuelta. Se regresa con los pies negros de barro, y se agradece el caldero antes de volver a bordo. Nosotros ya nos lo sabíamos de los desembarcos en el Páramo de Santander, y no nos cogió desprevenidos:


Pero todo paraíso tiene su pequeño infierno, y en este vino por la noche. Estando varados salió un viento del Norte con rachas de 15-20 nudos que hacía temblar el palo, aun estando en tierra. La isla está muy poco elevada sobre el mar, apenas un metro, y no ofrece resguardo, o sea que estábamos como si fuera en medio del mar. No se podía dormir. Para más inri la pleamar era a las 4:30, y nos tocó aguantar otra vez los golpes del casco contra la arena. No nos apetecía aguantarlos otras dos veces (el inicio de la bajada de la marea a las 4:30, y el repunte de la pleamar por la tarde, cuando teníamos pensado marcharnos) pero tampoco podíamos marcharnos del sitio de madrugada porque en toda la bahía está prohibido navegar de noche. Esto último es lógico, pues es un laberinto de parques de ostras sin señalización luminosa del que no sales ileso como lo intentes. Así que en mitad de la negrura intentamos una maniobra desesperada buscando aguas más profundas, pero sabiendo que pasadas éstas teníamos un parque de ostras a sotavento. Todo lo hicimos basculando el barco sobre el ancla de popa, la que estaba en aguas más profundas, y añadiéndole 25 metros de cabo para que se acercase más a la canal. Finalmente nos salió bien pero después de trabajar toda la madrugada, y pudimos salir del cepo a eso de las 6. Fondeamos en un lugar profundo para dormir un poco y continuamos la navegación por las mañana.

Hoy hemos conseguido un favor muy especial, precisamente por venir “del Océano” como os contaba ayer. El puerto de La Vigne, en la costa Este de la península de Cap Ferret, es un puertito privado que normalmente no tienen plazas para visitantes. Es el único de la bahía, junto al de Arcachon, que no se vacía completamente en bajamar, aunque sólo le queda una profundidad inferior a un metro. Nos viene muy bien como lugar de base para conocer esa península, porque la única alternativa es fondear o coger una boya, y en ninguno de esos casos podríamos desembarcar las bicis para movernos por carretera. Cuando se lo dijimos al responsable de la Capitanía de Arcachón les llamó por teléfono, y al decirles que éramos españoles y que veníamos “del Océano” con un barco de 6 metros, nos han permitido pernoctar mañana en una plaza que les ha quedado vacía por unos días, al haber sacado el barco uno de sus socios. ¡Qué suerte!. El próximo día os contaremos cosas de esa península.

Post data: por cierto, en la Isla de los Pájaros la orza no se quedó bloqueda. ¡Sólo habría faltado eso, tener que bucear por la noche para destrabarla!

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Genial! Lástima de noche agitada.... Suele igual, dormir a bordo parece que siempre tenga que traer sorpresa!

Cuando vi el post de Anglet me hizo mucha gracia, pues hace pocas semanas estuve allí en ese edificio azul examinandome de radio!!
Un abrazo y venga esas fotos!!
Fernando

Daniel Tribaldos dijo...

Que envidia me dais, pues nada a disfrutar ese pedazo de bahia.