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domingo, 9 de diciembre de 2018

Dibufirma de Paris.



Hola navegantes.

Después de incorporarse Ana en Amiens  tuve la mala suerte de que todo lo que rodeó su cumpleaños fue negativo, aunque por suerte ya no se acuerda. Incluyó la colmatación de algas del Río Somme, los problemas consiguientes con el fueraborda, y el mal rollo que nos dió cruzarnos con el velero sueco Nakuak, que finalmente no pudo pasar por su calado y se tuvo que dar media vuelta. Después de unos días negros abandonamos por fin el maldito Río Somme, que ya os dije que no debe considerarse navegable por veleros, entramos en el Río Oise y finalmente en el Sena y llegamos a Paris.

 Allí vimos, ya dentro de la ciudad de París, infraviviendas o incluso acomodaciones de gente sin techo que se habían instalado debajo de los puentes, junto al Sena, para dormir en cartones. Jean-François Diné, uno de los más famosos navegantes franceses, expone crudamente en su libro “Mon képi pour un océan” el contraste entre lo que tú ves en los países que visitas en un velero y la realidad social que se vive en ellos:

Lo que desde el puente de nuestro velero imaginamos ser los paraísos terrestres no constituyen a menudo, para una parte de su población, más que una reproducción de lo que sería el infierno... Detrás de los cocoteros y la arena caliente de los países donde iréis un día, sin duda, a echar vuestra ancla, habrá tal vez una realidad bien diferente, pero desgraciadamente no siempre visible para los ojos no advertidos, de aquella para la que habréis preparado vuestros espíritus al planificar vuestra partida.

Él lo decía de los países en vías de desarrollo que se suelen visitar en la vuelta al mundo, pero por desgracia también era cierto en el pleno centro de París. 

Ana y yo tuvimos la gran fortuna de encontrar un voluntario desconocido, pero que ya es amigo nuestro (gracias Christian) que nos permitió volver a Santander con los momentos congelados del Corto Maltés debajo de la Torre Eiffel, que son desde luego la imagen emblemática de nuestra navegación este verano.





Íbamos a quedarnos en Paris 3 ó 4 días, pero nos encontramos una ciudad calcinada por el calor de agosto, y los monumentos tenían unas colas al sol de dos, tres o cuatro horas, con grupos organizados de esos con un guía con banderita. Por si fuera poco, en el control de seguridad del primero que intentamos entrar me echaron atrás porque llevaba en la mochila las herramientas de la bici, y con “eso” no podía pasar. Fue la gota que colmó el vaso y decidimos no quedarnos por allí mucho tiempo. Ya volveríamos a París en otra ocasión con más tranquilidad y en temporada baja. Además nos empezaban a obsesionar las 550 millas (casi mil kilómetros) de ríos y canales que teníamos por delante hasta el Mediterráneo, y eso con aquel fueraborda que empezaba a desfallecer. Ya veréis, ya.

¡Con cuidado!.



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