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sábado, 14 de enero de 2017

Dibufirma de Sète.

Retomo aquí las dibufirmas de los puertos donde recalamos en la navegación a la Isla de Elba este verano. El último fue Palavas-Les-Quatre-Canaux. De allí fuimos al Etang de Thau y a la ciudad de Sète, que es como una Venecia llena de canales. Allí vivimos curiosamente uno de los momentos más apurados del viaje, ¡quién lo diría!. Parece que los sitios anunciados malos te los esperas y vas preparado, pero en los sitios aparentemente tranquilos relajas la vigilancia y es donde todo se te lía. Nos pasó igual en la vuelta a España, en que después de haber recorrido las aguas bravísimas de Portugal sin incidentes, casi se consuma lo peor en una esclusa del Canal de Midi.

El caso es que confundimos el recorrido hacia el “Puerto Viejo” de Sète y Ana y yo embocamos un estrecho canal con forma de embudo, que cada vez se iba haciendo más angosto y al final no nos dejaba espacio para girar. Nos fuimos acercando al 3º, 4º y 5º puentes, que fueron de infarto, pues sólo tenían dos metros sobre el agua. No eran levadizos, y alguno de ellos era una simple vigueta de hormigón tendida de una orilla a otra. Yo sostenía la antena de la radio doblada para que no se rompiera y la mano me rozaba con el puente. Veía pegando a mi sombrero las canalizaciones del agua y la luz atornilladas al techo del puente, y dirigía el timón para que la mano no me raspara con ellas porque ese centímetro podía ser el definitivo para salir con un dedo menos. Una simple olita y no habríamos salido, incrustados de abajo a arriba en el hormigón. Y menos mal que no había llovido, porque cuando llueve mucho el Étang de Thau desagua al Mediterráneo a través de los canales de Sète, la corriente puede alcanzar los 2-4 nudos, y al ir el agua crecida la altura bajo los puentes es menor. La gente nos miraba alucinada, y en el último puente un sintecho que estaba acostado debajo nos hizo un gesto con la mano como diciendo “por los pelos”. Salimos de la ratonera con el corazón como un pájaro que se quisiera escapar de la jaula, asustados de lo que habíamos hecho y con la sensación de que de allí podíamos haber ido directos al orfelinato, con el Corto Maltés decapitado. Tomamos buena nota para cuando tuviéramos que volver al Étang de Thau no afrontar el laberinto de canales tan a la ligera.


 Este es el puente y por ahí debajo pasamos con el Corto Maltés, os lo prometo:



Ver entradas del 21 de julio.

1 comentario:

Daniel Tribaldos dijo...

Si que era pequeño el vano la verdad, parece mentira que pasarais.