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miércoles, 5 de abril de 2017

La diferencia entre una ola redonda y una ola rompiente.

Hola navegantes.

Como una imagen vale más que mil palabras os pongo primero la imagen y luego las mil palabras:



Es un velero como el Corto Maltés volcado por una ola pequeña pero rompiente. En el vídeo que sigue podéis ver que antes de la rompiente le pasan por debajo muchas olas redondas casi sin afectarle.

http://www.voilesetvoiliers.com/securite/attention-la-vague-/#xtor=EPR-2-[news-05-04-2017]-20170405-[lien]

Debían tener un problema con las velas porque el génova está todo el tiempo flameando; si estuviera portando habrían salido del atolladero alejéndose de la costa. Si os fijáis, a pesar de la situación comprometida algunos iban sin chaleco. Por suerte se salvaron los cuatro.

Un problema parecido tuvimos con el Corto Maltés en la vuelta a España cuando, en la salida del Guadalquivir, no pudimos con la fuerza de la corriente y tuvimos que dar media vuelta atravesándonos al tren de olas. Se publicó en la revista francesa Voiles et Voiliers para que otros navegantes aprendieran en la piel ajena. Aquí está el artículo:

 http://www.exlibric.com/blog/revista-francesa

Para los que no lean en francés os lo pongo aquí traducido, y ahora vienen las mil palabras, pero es interesante leerlo para aprender algo:
 
 NO CONSEGUIMOS SALIR DEL RIO GUADALQUIVIR 
CON UN VELERO DE 6 METROS.

Nuestra vuelta a España en un Tonic 23.


En el verano de 2012 mi amigo Luis y yo dimos la vuelta completa a la península ibérica en nuestro Tonic 23 “Corto Maltés”, volviendo al Golfo de Vizcaya por el Canal du Midi. Fueron 3 meses de navegación apacible con muy pocos incidentes, relatada en el libro “La vuelta a España del Corto Maltés. De Santander a Santander en un velero de 6 metros”, de la editorial ExLibric. Pero después de descender la violenta costa atlántica de Portugal, con vientos portantes que muchos días alcanzaban fuerza 6 y olas de 3 metros, quién nos iba a decir que una navegación fluvial por el río Guadalquivir, en Andalucía, nos depararía esta sorpresa!.

Los dos ríos navegables de Andalucía.

El río Guadalquivir es navegable hasta la ciudad de Sevilla, 40 millas tierra adentro, y su desembocadura en el Atlántico es en dirección Suroeste. Veníamos de remontar el otro gran río andaluz, el Guadiana, 25 millas tierra adentro, una experiencia maravillosa de relajación entre montañas y pueblecitos pintorescos. En efecto, nuestra vuelta a España en un barco tan modesto  no pretendía batir ningún récord sino disfrutar de la vela de travesía y aventura explorando el mayor número de lugares de los tres países (España, Portugal y Francia) sin prisa.  Abordamos la remontada del Guadalquivir esperando una navegación tranquila y relajada como en el Guadiana.

Ya a la entrada del Guadalquivir, a babor, hay un pecio de un mercante desde hace más de 10 años, que se arrimó mucho a la costa y embarrancó en un bajo de 50 cm. Es impresionante verlo porque aparte de su cercanía a la orilla, se ha partido por la mitad como el Prestige y da una imagen desoladora que asusta un poco. Posteriormente nos enteramos que la desembocadura de este río se ha cobrado muchos barcos ya desde la época de Colón. En efecto, la fuerza del río ha excavado una estrecha franja navegable entre fondos de aluvión, y la profundidad pasa de decenas de metros (pueden entrar mercantes) a sólo 50 cm en un margen muy estrecho. Desde cinco millas antes de la entrada al río hay en altamar una fila de boyas verdes y rojas que hay que respetar a rajatabla y que marcan la estrecha franja navegable. Nosotros entramos a toda velocidad con el viento que nos venía de popa pues aquel día era SW, surfeando en algunas de las grandes olas que también nos venían de popa. En este primer tramo nos cruzamos con un velero del mismo tamaño que el nuestro, dando unos pantocazos tremendos pues en cada ola quedaba la mitad de la eslora en el aire y luego caía de golpe, y comentamos la pena que daba verle sufrir de esa manera.

Decepción en Bonanza.

Pasamos la primera noche dentro del río en Bonanza, el puerto pesquero que se encuentra en la entrada del Guadalquivir, una milla río arriba en la orilla de estribor. Curiosamente no es un puerto con un espigón que cierre un plano de agua en su interior, sino espigón de 500 metros paralelo a la orilla y abierto por ambos lados. Por lo tanto el agua del río, en marea creciente o vaciante, discurre con toda su fuerza entre ese espigón y la orilla. En la orilla de tierra está la lonja y el muelle de descargar pescado. No tiene marina deportiva. Nos abarloamos en 9ª fila a los pesqueros y bajamos a tierra. Al volver por la noche el guardamuelles nos estaba esperando y nos dijo que no podíamos pasar la noche allí. Nos sorprendió mucho porque no había marina deportiva, en el resto de España se tiene derecho a dos días de estancia en cualquier puerto y habíamos hablado con el dueño del pesquero, que no tenía ningún inconveniente en que estuviéramos allí. Más tarde comprobamos que en todos los puertos de Andalucía los veleros son víctimas de una persecución irracional por los guardamuelles de la Junta de Andalucía, seguramente intentando llenar las marinas deportivas que se están quedando vacías por la mala gestión y la subida de tasas (los navegantes prefieren amarrar sus barcos en Portugal). Tuvimos la ingenuidad de decirle que entonces iríamos al espigón exterior, que no tiene comunicación con la orilla, y que no tenía aquella noche más de 10 barcos amarrados en sus 500 metros de longitud. A pesar de lo escandaloso de la situación (un espigón vacío a 150 metros de la orilla) nos dijo que allí tampoco estaba permitido, y nos tuvimos que ir a fondear al extremo del puerto, sometidos a la poderosa corriente del río.

El día siguiente salimos temprano a favor de la marea creciente, para remontar el río. Había una brisa del Noroeste que nos permitía navegar a 5 nudos sólo con el génova (el río en su primera mitad tiene una dirección sensiblemente Nordeste) y la marea. Arrimamos la derrota a la orilla Oeste para navegar lo más cerca posible del Coto Doñana, la mayor reserva natural de España en la que habitan multitud de especies de aves y hasta mamíferos salvajes en libertad. Nos llamó la atención que no había veleros fondeados en el cauce, como en el Guadiana, cosa comprensible por el abundante tráfico de mercantes por el río con destino Sevilla. El paisaje nos gustó menos. La orilla de Doñana, en teoría la más salvaje, consta de algunos bosques de pinos en un terreno llano a nivel del mar, y sobre todo vegetación baja y dunas, no bosques frondosos sobre colinas y montes como en el Guadiana. Y pasado el coto, navegas en una superficie imprecisa pues las orillas son bajas, apenas sobresalen del agua, y no aprecias la dirección de la siguiente curva del río hasta que estás encima de ella. De vez en cuando aparece en el horizonte la silueta de un mercante haciendo rumbos inverosímiles, pues desde la lejanía te parece que se metió a navegar por encima de la tierra o que va sobre un espejismo, ya que no aprecias el curso del río.

Imposible salir al mar abierto.

Cuando dimos por visto el Coto Doñana fondeamos para comer y esperar la inversión de la marea. Mientras comíamos el viento arreció y roló al W y luego al SW, lo que significaba que no nos permitía ceñir en todos los tramos del río. Cuando sí lo conseguíamos, dábamos los bordos a 6-7 nudos sólo con el génova, porque ya nos arrastraba la marea vaciante que puede alcanzar tres nudos en las mareas muertas y mucho más en las vivas. Según nos acercábamos a la desembocadura el viento arreciaba o se notaba más, y al doblar el último meandro y enfilar directamente la recta de salida, con el mar al fondo, ya alcanzaba fuerza 6 y tuvimos que quitar el génova y poner la mayor en el segundo rizo como apoyo al motor. El vendaval venía justo de proa, encajonado entre las orillas, y chocaba de frente con la marea vaciante y la corriente del propio río, formando una mar gruesa (olas de 3-4 metros) contra la que el barco, con su fueraborda de 8 CV que además en algunas crestas quedaba con la hélice al aire, no podía. La guía Imray decía literalmente de esta situación:

“El canal de la desembocadura es amplio y está bien balizado, pero puede volverse peligrosamente violento cuando los vientos fuertes del Oeste o del Suroeste soplan en dirección contraria a la vaciante de mareas vivas, pudiendo producirse olas cortas y escarpadas”.

De las 17 boyas verdes que marcan la entrada del río en el mar llegamos hasta entre la 5 y la 7 y allí se hizo evidente que el barco no podía salir. En alguna de las olas se quedaba parado o incluso avanzaba marcha atrás en la subida de la ola (con riesgo para la pala del timón). El Corto Maltés llegaba a la cresta y se quedaba medio barco en el aire, cayendo después en el valle de la ola con un pantocazo que hacía temblar toda la estructura. Decidimos dar la vuelta y volver al interior hasta que amainase. Pero lo malo de esta decisión (una de las más difíciles que tiene que tomar un capitán) es que al dar media vuelta te quedas por unos momentos con las olas por el través, con gran riesgo de vuelco. Las olas más peligrosas son las rompientes, las que tienen espuma en la cresta. Tienen la pendiente más exagerada, y cuando ya tienen al barco más escorado viene el impacto de la cresta que desarrolla una fuerza lateral impresionante. Además el giro de las partículas de agua dentro de la ola actúa sobre el casco en lugar de sobre la orza, empeorando la situación (figura 1). Se ha calculado que un barco puede ser volcado por una ola rompiente cuya altura sea un tercio de la eslora, si le coge de través. Como el Corto Maltés mide 6 metros una rompiente de dos metros podría volcarlo, y las estábamos recibiendo de 3-4 metros. Por el contrario olas no rompientes del 60% de la eslora no lo volcarían (en nuestro caso, las de 3-4 metros que recibíamos no nos volcarían si no rompían). Por lo tanto para dar media vuelta hay que concentrarse en el tren de olas que ves acercarse, estudiarlas una por una y decidir en cuál de ellas te vas a arriesgar, pues nunca son todas iguales. Has de elegir una pequeña y, sobre todo, que no sea rompiente. Pero eso es la teoría y si sólo fuera así nunca ocurrirían accidentes. En la vida real la misma ola puede ser redonda, un rato después rompiente (por ejemplo, si pasa por una zona de menor profundidad o si recibe una racha de viento más fuerte) y luego otra vez redonda. Sólo te queda esperar que la que has elegido no se ponga a romper justo antes de alcanzarte, y eso depende sólo del azar. Por suerte dimos media vuelta sin incidentes, y en cuanto enfilamos de nuevo hacia el interior del río paramos el motor, navegando con la mayor en el segundo rizo y una punta del génova para equilibrar el barco. Al nuevo rumbo, ya sin el ruido del motor, sin pantocazos, surfeando las olas con suavidad y a buena velocidad, aquello parecía otro mundo. Un refrán marinero dice que “viento en popa es medio puerto” y en este caso se confirmó: el viento aparente era mucho menor y la ola venía por la popa, con lo que el barco no silbaba ni golpeaba las olas.




Para no hacer de nuevo el recorrido hasta Bonanza decidimos esperar en una boya vacía del Club Náutico de Sanlúcar de Barrameda, justo a la entrada del río, después de confirmarnos el botero que en ese momento no tenía dueño. Por si el intento de salida fallido hubiera sido poco, la marea estaba tan baja que tocamos fondo con la orza (sin ninguna trascendencia, por ser abatible) lo que añadió más estrés a la maniobra. Incluso en aquella boya dentro del río las olas hacían saltar al barco, y contemplar a los que estaban fondeados al lado asustaba. Al ver nuestra situación apurada el botero se ofreció a bajarnos a tierra para descansar mientras el tiempo mejoraba. Quedamos en que nos recogería 15 minutos después para darnos tiempo a ordenar nuestro revoltijo. Cuando vino y estábamos con todo listo para desembarcar, nos dijo que su jefe (el presidente del Club) no sólo no le había autorizado a desembarcarnos, sino que teníamos que abandonar la boya (¡). ¿Solidaridad marinera?. Con incredulidad y estupefacción por esta actitud irresponsable esperamos a que amainara un poco el viento y disminuyera la corriente vaciante que se enfrentaba al mar. Volvimos a intentar la salida pero con el mismo resultado, sin alcanzar más boyas que en el intento anterior. Una de nuestras chicas estaba acostada en el interior cerca de la línea media para no marearse, y en una de las olas salió disparada chocando con la cabeza en el techo de la cabina, un salto de más de un metro. Para más INRI el Plotter perdió la posición, un problema que se venía repitiendo todos los días más o menos a la misma hora, seguramente debido a un problema de los satélites. Por segunda vez tuvimos que atravesarnos a las olas para retroceder de nuevo a Bonanza, donde ya no quisimos discutir con el guardamuelles y pasamos la noche en el mismo fondeo que la anterior, donde llegamos ya de noche.

Por la mañana nos levantamos a las 7 h. para el tercer intento antes de desayunar. Era el final de la vaciante y soplaba un terral flojito del Este-Nordeste que nos permitió iniciar la salida con motor y génova, navegando a más de 7 nudos. Al alcanzar la desembocadura todavía nos llevamos algún susto porque al alejarnos de la costa reapareció el viento del Oeste con fuerza 5-6 predominando sobre el terral, y algunas olas escarpadas nos hicieron revivir lo del día anterior. Pero por suerte este intento fue el definitivo, aunque no sin apuros. Así que hicimos una etapa corta, de siete millas hasta Chipiona, para tomar un día de descanso. Llegamos al pantalán de espera sin aliento, antes de que abrieran las oficinas. Allí estaba el velerito que vimos salir dos días antes cuando nosotros llegábamos al Guadalquivir desde Mazagón. Nos contaron que había salido para una excursión corta de Sanlúcar de Barrameda con la intención de remontar el Guadalquivir, y que en el último momento decidieron salir al mar. Les sorprendió el mismo infierno que a nosotros pero de proa, sin estar preparados ni ellos ni el barco para ese mar, no fueron capaces de dar media vuelta y tuvieron que seguir hasta Chipiona, de donde ahora no podían salir. Como está tan cerca de Sanlúcar habían vuelto a casa por carretera, y llevaban tres días viniendo a ver el panorama sin atreverse a regresar. Por nuestra parte nos desquitamos de tantas penalidades de los tres últimos días con un desayuno especial en la cafetería de la marina, y más tarde con una ducha, que nos dejaron como nuevos.

Unos días después comprobamos que los pantocazos habían producido una deslaminación de la fibra en la unión de uno de los mamparos de la cama de proa con el casco.

Las lecciones que yo he aprendido.

Hay que conocer muy bien su propio barco y sus limitaciones. Ahora sé que con mi fueraborda de 8 CV no puedo con esas olas.

Hay que hacer caso de las indicaciones de las guías náuticas. La guía Imray ya advertía de la dificultad de salida del río.

A pesar de las situaciones vividas la tripulación se mantuvo serena en todo momento. Nos conocemos de muchos años de navegar juntos y sabemos nuestras posibilidades y nuestras limitaciones.

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