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sábado, 5 de enero de 2019

Dibufirma de Santander.

Hola navegantes.

Lo que más despertaba nuestra curiosidad en Avignon era su puente. Nos sonaba de la canción infantil “Sur le Pont d’Avignon” pero en nuestra incultura no sabíamos nada de él, y menos que llevaba varios siglos roto, que sólo le quedaban cuatro de los veintidós arcos originales, y que no conducía a ninguna parte porque finaliza en mitad del río. Lo descubrimos con estupefacción al navegar junto a él al llegar a Avignon. Se lo hemos contado después a mucha gente y a todos les pasaba lo mismo.


Se edificó en el siglo XII y medía casi un kilómetro. Pero la fuerza del Río Ródano, y el hecho de que los pilares centrales estuvieran asentados en terrenos de aluvión, hicieron que fuera destruido muchas veces por las riadas. Una leyenda dice que una voz divina ordenó a un pastor llamado Benito que construyera el puente. Como se reían de su pretensión, Benito fue dotado de una fuerza milagrosa, cogió una roca monumental y la colocó en la orilla. La muchedumbre entusiasmada le creyó, y en los años siguientes los aviñonenses levantaron el puente. Y Benito fue declarado Santo.

Aunque la letra de la canción dice que se bailaba “sobre” el puente de Avignon (“sur le pont”), y en algunas fotos antiguas se ve a grupos de niños bailando en corro, la verdad es que es muy estrecho como para bailar encima y lo más probable es que la canción original dijera “bajo” el puente (“sous le pont”) y con el uso se desvirtuase el texto.


El 3 de septiembre llegó nuestro amigo José Luis con el camión. Antes de acostarnos quitamos del barco todo el peso innecesario, fundamentalmente vaciar los depósitos de agua y tirar todos los frigolines y muchos de los folletos turísticos que habíamos amontonado en esos tres meses largos de recorrer Francia, con lo que igual le aligeramos cien kilos. Y luego pasamos nuestra última noche a bordo en un colchón mojado, porque al vecino de pantalán se le había ido la manguera por nuestro tambucho de proa, con un maldito grillo que no paró de cantar en toda la noche en el muelle, y un poco nerviosos por lo deprisa que iba todo. Yo quería dormir, pero mi cerebro quería madurar todas las experiencias de esa vuelta a Francia y empezar a soñar con nuevas aventuras.
Por la mañana nos levantamos a las 6.45 y en un par de horas estaba el barco bien afianzado en el camión y le vimos marchar sin terminar de asimilar un final tan raro. Nuestro día en Avignon también fue muy raro, porque teníamos que coger el autobús bien entrada la noche, y teníamos por delante un día entero pero sin vivienda donde descansar. Lo llenamos como pudimos y la noche en el autobús fue aún peor que la anterior, o sea que llegamos a Santander como con resaca. Queríamos dormir... pero la cita con José Luis era firme y no podíamos fallarle. Finalmente todo acabó bien.



Ya solo quedaba arbolar, la limpieza general, un montón de bricolajes... e ir pensando en la próxima aventura.

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