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domingo, 11 de septiembre de 2016

Con los grumetillos a la Isla de Mouro.

Hola navegantes.

Ayer fuimos con los grumetillos a la Isla de Mouro. Hizo un día de auténtico verano y el sol, la mejor divinidad de los marinos, no nos dejó en toda la tarde. Además hizo un vientecito del Nordeste que nos permitió hacer toda la navegación a vela.


Ibamos tres veleros y nos fondeamos en línea a sotavento de la isla.


 Lo primero que nos llamó la atención fue el silencio y la ausencia de gaviotas. Normalmente venimos aquí en junio para estudiar su anidamiento, y entonces hay miles de ellas que te sobrevuelan con cierta agresividad cuando te acercas a sus nidos. Ayer casi no había y no nos hacían ni caso. Luego nos sorprendió una roca enorme, de más de una tonelada, que se ha desprendido sobre la escala de acceso al faro este invierno. La isla está llena de cuevas y grietas por donde se oye el mar aunque estés 50 metros sobre su superficie. Suponemos que en los temporales de este invierno ha habido bufones a través de las piedras y algunos de ellos la han desprendido.



Estuvimos estudiando las egagrópilas. Son unas bolitas que regurgitan las gaviotas con aquello que su intestino no puede digerir. Si las abres ves su fuente de alimentación y sus errores. Por ejemplo, una de ellas se había comido plaquitas de plástico, trozos de globo y hasta trozos de cristal. Cuando se comen mucha de esta basura pueden morirse de una obstrucción intestinal. Normalmente lo que contiene una egagrópila son restos de conchas de crustáceos o espinas de pescados. De esas vimos muchas.




Subimos a a parte más alta de la isla, donde está el faro, y nos sorprendió ver allí una tomatera de tomates Cherry. Suponemos que alguien dejó por allí restos de un bocadillo con tomate y las semillas fueron capaces de germinar.



Al final estudiamos algunos opérculos, que son las tapas con las que se cierran las caracolas en su concha, como la puerta de su casa.



Un grumetillo nos trajo dos que le han traido de Thailandia para compararlos con los de Cantabria. El de Thailandia es el que por detrás parece un ojo. Están constituidos de aragonita, igual que las estalactitas de las cuevas. En Asia suelen llamarlos “ojo de Shiva” porque según una leyenda hindú, Shiva es el dios del conocimiento, casado con la diosa Shakti. En uno de sus juegos ella se le acercó por detrás y le tapó los ojos. Entonces no sólo se oscureció la vista para Shiva sino que el mundo entero quedó en la más completa oscuridad. Ante tanta negrura el dios reaccionó y en medio de su entrecejo emergió un tercer ojo que volvió a iluminar el mundo y le devolvió la vista. Los joyeros dicen que el opérculo simboliza el tercer ojo de Shiva, que siempre vela a quien lo lleva consigo, y por si fuera poco también representa el ojo del conocimiento y de la sabiduría. La espiral en el reverso sería un símbolo del movimiento y del desarrollo, y también de la protección contra las fuerzas negativas. El ojo de Shiva tendría un efecto positivo para el bienestar en todos los aspectos. La aragonita activaría la sensibilidad, tendría un efecto tranquilizante y equilibrante y disminuiría la fatiga y el nerviosismo. Debido a su alto contenido en calcio, le atribuyen un efecto muy positivo en los músculos tensos, las articulaciones, los tejidos y la piel. Naturalmente todo eso es falsedad y no está comprobado científicamente. ¡Lo que se inventa para vender un colgante o unos pendientes!.

Al final se bañaron todos y como siempre se nos hizo tarde y tuvimos que volver a motor.

2 comentarios:

Daniel Tribaldos dijo...

Hola, Alvaro.
Me alegro de que este verano os este haciendo un tiempo magnifico y los niños esten disfrutando mucho de estas travesias, ademas aprendiendo muchas cosas interesantes.
Merecio la pena tanto esfuerzo.
Saludos, Daniel.

Daniel Tribaldos dijo...

Por cierto termine el libro, ya quedaremos para devolvertelo.
Saludos, Daniel.