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viernes, 24 de junio de 2016

Conocimos la isla Gallinara.

Hola navegantes.

Esta mañana recorriendo el puerto de Finale Ligure hemos visto cosas sorprendentes. En primer lugar nos llamó atención que los barcos están amarrados muy lejos del pantalán, como 2 metros, lo que dificulta bajarse de ellos y la necesidad de pasarelas hasta para los barquitos más pequeños. Luego vimos muchos muelles de amortiguar los tirones sobre las amarras rotos, como en Portbou, y algunos con los muelles duplicados. Al parecer el puerto se calculó mal y no contaron con la entrada de las olas, que son las que producen los desperfectos y el riesgo de chocar con el muelle.

Luego fuimos a echar gasolina y el muelle de la gasolinera estaba colmatado de arena con una profundidad de menos de un metro. Había que echar gasolina en el lateral del muelle pero no en el frente. Está junto a la playa y al parecer tampoco se previó esta colmatación desde la playa. En pocas palabras, una obra no pensada con la cabeza. Si a eso se añade que está a un kilómetro pueblo y que no tiene ni un supermercado, y que sólo funcionaba una las tres duchas,  os imagináis dónde nos metimos ayer. Eso sí, el entorno es precioso, con un pueblo después del Cabo San Donato con casas de color pastel al borde de la playa. Y si menciono el nombre del Cabo es porque me ha traído a la memoria al Donato, uno de los peores curas de mi colegio, que te castigaba levantándote del suelo por el pelo de las patillas. Como lo oís.

Luego fuimos a conocer la isla Gallinara, esa que en realidad tiene forma de tortuga, no de gallina, por la que pasamos de largo a la ida. Por el camino, como no había viento, aprovechamos para reparar el cable del panel solar, que estaba muy desgastado por el roce con la tapa del tambucho. Le hicimos un envoltorio de filástica y ha quedado muy bien.

La isla Gallinara nos ha encantado. Es privada y no se puede desembarcar, pero nos acercamos al pequeño puerto, que dejan usarlo para emergencias, y vimos las edificaciones tiene: una casa señorial, una iglesia, una torre y una casa en el puerto para los guardias.

Por la tarde salió una brisa del sur que nos permitió navegar a vela hasta Imperia, donde vamos a pasar la noche. Es una unión de dos pueblos, Oneglia y Porto Mauricio, separados por un río pero que ya sonuna única aglomeración urbana. En Oneglia amarran los barcos de pesca y unos pocos megayates, y en Mauricio está el muelle deportivo. Nos ha preocupado que algunos barcos tienen las amarras protegidas con embudos para que no suban las ratas, algo que era muy frecuente en los barcos hace años. Espero que cuando volvamos a bordo no encontremos inquilinos. Hoy es el patrón de Oneglia y hay fuegos artificiales, o sea que nos acordaremos de los grumetillos.

Hasta mañana navegantes.

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