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jueves, 26 de mayo de 2016

Las cosas se van arreglando.

Hola navegantes.

Hoy conseguí grabar el Navionics en el móvil, y probablemente un amigo me acompañe en la etapa que no podrá Alicia, o sea que los dos problemas que ayer me quitaban el sueño parece que se encaminan bien.

Hoy hemos salido de Génova con la intención de dormir en Portofino. No ha hecho viento y casi todo el día hemos ido a motor. A media mañana entramos en la cala de San Fructuoso, con una ermita a la orilla del agua en un sitio espectacular. Estaba abarrotado de gente joven, posiblemente una excursión escolar.

A continuación preparamos el ancla pesada en popa porque en Portofino, como en muchos puertos del Mediterráneo, se amarra al muelle dejando caer el ancla a una cierta distancia en el mar, que es la que sujeta el barco perpendicular al muro. Por comodidad es mejor llevarla preparada.

Llegamos a Portofino poco después de comer. Está justo tras una península con casas señoriales y una roca con forma de cabeza de perro. Y el puerto de Portofino más bonito todavía, con casas de color rojo, rosa y manila en tonos pastel reflejadas en el agua. Pero cuando llamamos a capitanía para pedir plaza nos mosqueamos cuando nos dijeron que llamáramos a un teléfono para darnos las tarifas. Cuesta 86 euros pasar la noche y 28 euros tocar tierra para desembarcar a hacer las compras (hace poco en Mónaco nos costó 11 euros la noche). Salimos pitando de ese rincón para millonarios snob, por muy bonito que fuera. Si por un barco de 6 metros se paga eso, los megayates que se veían por allí deben pagar 1.000 euros por noche, y aún estamos en temporada baja.

Tras reanudar la ruta tuvimos que entrar al puerto de Chiavari para sacar el fueraborda y quitar un hilo de pescar que se había trabado en la hélice. Y con eso resuelto nos vinimos a Sestri Levante, una preciosa sorpresa inesperada. No tiene puerto y se amarra de proa al espigón, pero es uno de los sitios más bonitos hasta ahora.

Sus casas se reflejan en el mar, tiene una bahía llamada "del silencio" con la escultura de un pescador sobre una roca. En la explicación del monumento dice que el autor se lo donó a la ciudad "y a todos los amantes de lo bello". Realmente viviendo aquí no se puede ser indiferente a la belleza.

Posteriormente escalamos, más que subimos, con las bicis a la colina para ver la Torre Marconi,  donde hizo sus experimentos de la telegrafía sin hilos y de la radio. Pero después de subir resultó que pertenece a un hotel y no dejan visitarla. Por el camino están los restos del oratorio e Santa Catalina, lo que quedó tras los bombardeos 1944. 

Mañana seguiremos hacia el sur. Ya estamos cerquísima de Pissa, donde se despedirá Nacho y se incorporará Ana a la tripulación. Hasta mañana navegantes.

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