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lunes, 25 de agosto de 2014

La navegación de dos días a otro puerto.

El fin de semana pasado fuimos con algunos de los grumetillos a la navegación de dos días fuera de la bahía de Santander. Siempre tiene una connotación especial por dormir fuera de casa, conocer un sitio nuevo y vivir la experiencia de llegar a un puerto y pasar la noche abarloados a un pesquero. Esta vez elegimos Suances, con una extensión, si lo permitía la marea, al puerto fluvial de Requejada.

La navegación de ida fué perfecta, con un viento suave de través, poca ola y un sol de justicia. La entrada a Suances tiene una barra que en bajamar o con mar de fondo forma rompientes muy peligrosas, y dejan un paso estrechísimo pegado al espigón de rocalla que delimita la orilla de babor de la canal. Fijaos el espectáculo que dibuja la guía Imray:

Pero claro, estas guías dibujan siempre la peor situación, para que no te arriesgues. Seguramente la foto está tomada en una bajamar viva y con olas importantes. En esa situación hay que estar muy apurado o rematadamente loco para entrar, porque cualquier fallo te echa contra las rocas, contra el espigón o contra las rompientes. Pero muchísimos días la entrada está con poca ola, sobre todo si llegas en pleamar, y no ofrece ninguna dificultad. Por otra parte está suficientemente cerca de Santander (15 millas, unas 4-6 horas a vela) para en caso de encontrar problemas, poder volver a Santander en el día.

Nosotros llegamos en el momento perfecto de la marea (una o dos horas antes de la pleamar) y además sabíamos que ese día, y el siguiente, casi no habría olas. Entramos a motor para no arriesgar, aunque en días similares hemos entrado incluso a vela para no tener que volver a izarlas dentro de la ría, y  pudimos hacer la navegación fluvial que habíamos planeado. El río Saja-Besaya, el que configura la ría de Suances, tiene un tramo de 4 millas navegable con embarcaciones de casi cualquier porte en pleamar (hasta hace poco entraban mercantes) y ningún puente cerca de la desembocadura que cierre el paso a los veleros, como el Río Cubas que comentamos otro día. Pero queda muy justito en bajamar, donde algunos meandros tienen solo 0,8 metros de fondo. Como además los fondos varían en pocos meses como consecuencia de los arratres y las riadas, no es aconsejable navegarlo con veleros de quilla fija y calado importante, y mucho menos con la marea vaciante, donde un encallamiento te retiene 12 horas. Además si encallas, la bajamar deja al descubierto un fondo fangoso y contaminado por las industrias de río arriba, nada aconsejable para pasar una noche encallado.

La contaminación, sin embargo,  es imperceptible en verano y en pleamar, en parte por el cese de actividad de Sniace y en parte por la parada ecológica de Solvay en los meses de verano. Además al hacer la navegación en marea creciente el mismo agua de la marea, que entra limpia del mar abierto, oculta los fondos fangosos que hay debajo. El sábado tuvimos la suerte de que se reunieran todas las circunstancias favorables, e incluso que el viento dominante fuera del Norte, con lo que entraba por la ría y nos permitió remontarla entera a vela. Sus orillas son una sucesión de prados, bosques, aldeas y pequeños embarcaderos artesanales, y los restos de tinglados portuarios de la época en que tenía tráfico comercial:


Al final llegamos a la isla fluvial de San Martín, a partir de la cual nos parece arriesgado seguir con el velero, y nos amarramos en el antiguo muelle de carga de Requejada. En este puerto estuvo muchos años abandonado el yate de Franco "Azor".


Después de vagabundear por sus instalaciones volvimos al puerto pesquero de Suances a pasar la noche, acompañando a la marea vaciante. Nos abarloamos a una fila de 3 pesqueros y después de todos los malabarismos que hay que hacer hasta llegar al muro, nos encontramos que el viento apartaba a la fila de barcos unos 6 metros del muelle. En cada desembarco teníamos que tirar a pulso de las amarras (que además trabajan en diagonal) para mover la masa de 3 pesqueros y el Corto Maltés unos 6 metros hasta el muelle, y una vez allí sujetarlos contra el viento mientras desembarcábamos todos. De todos modos también esto fué una experiencia interesante para los niños, al descubrir las pequeñas penalidades de la vida en un velero. Menos mal que no necesitábamos hacer agua ni gasolina ni bajar las bicis, porque habría sido especialmente difícil.



La noche fue tranquilísima y el viaje de vuelta fue el contrapunto a tanto bueno. En efecto, se levantó un viento de cara (del Nordeste) fuerza 4 y hasta 5 al mediodía, que levantaba borreguitos y marejada, y nos costó 6 horas hacer las 15 millas que nos separaban de Santander. Ya os imaginais que 6 horas de pantocazos y escora, navegando con la mayor en el primer rizo y el Génova al 50%, y en los peores bordos ayudados por el motor. A pesar de ello los grumetillos no se marearon, y aguantaron sin rechistar las incomodidades y el ayuno, pues no pudimos comer hasta estar a refugio dentro de la bahía, cerca de las 5 de la tarde.

En resumen, una navegación fabulosa y muy aleccionadora en diversos aspectos para los grumetillos que nos acompañaron. Otro día os contaré cómo hicimos el pan.

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